Política Irremediable

Tiene mucho más lógica pensar que fue López Obrador

A falta de pruebas periciales que determinen fehacientemente el asesinato de los 41 individuos restantes (porque de dos de ellos ya hay estudios concluyentes), debe imponerse la lógica, señores y señores, la simple lógica: ¿tiene algún sentido que el Gobierno federal hubiera ordenado la matanza de 43 estudiantes? Díganme ustedes: ¿por qué hubiera debido hacerlo? ¿Para qué? ¿Con qué propósito y esperando qué beneficio? ¿Para agenciarse un morrocotudo desprestigio? ¿Para ser acusado en organismos internacionales? ¿Para ofrecer en bandeja de plata un pretexto a la agitación social, la violencia callejera y la protesta de los opositores?

Vayamos más lejos: si los cuerpos no fueron incinerados en el basurero de Cocula, ¿eso significa obligadamente que estén retenidos, en algún lugar, y que se pueda formular la extravagante exigencia de que vuelvan con vida? ¿No es mucho más razonable admitir las declaraciones de los sicarios y aceptar, entre otras cosas, el valor probatorio de un mensaje de texto que asegura “nunca los van a encontrar, jefe”? Y, si hubo fallas en el proceso, ¿eso significa que se invalidan todas las declaraciones, que no es cierto nada de lo que consta en los expedientes, que los presuntos culpables son inocentes, que los asesinos de la organización Guerreros Unidos no participaron en los hechos, que el señor Abarca no tiene vínculos con el crimen organizado y, luego entonces, que “fue el Estado”?

Ah, y ¿por qué nada más deben de ser creíbles las teorías de algunos expertos, los que niegan que pueda haber ocurrido el incendio, y no las de otros peritos que afirman que tuvo lugar el fuego y que los cuerpos pueden haber sido incinerados allí, en esas condiciones, en esa fecha y de esa manera?

De nuevo, y volviendo a las acusaciones que lanzan los indignados denunciantes, ¿qué interés hubiera tenido el Ejército Nacional Mexicano en raptar a 43 estudiantes y en quemarlos clandestinamente en algún horno? Es absurdo creer algo así. Pero, ya puestos a sospechar, a creer teorías conspiratorias y a lanzar acusaciones, hagámoslo. O sea, declaremos que López Obrador es el autor de esta atrocidad. Y, planteemos, de paso, las mismas preguntas. ¿Para qué, con que propósito y esperando qué beneficio? Pues, para desprestigiar al Gobierno de Enrique Peña, para desestabilizar al país, para sembrar desorden e incertidumbre y, al final, aparecerse él como el gran salvador de la nación mexicana. ¡Esto sí que tiene lógica, qué caray!

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