Política Irremediable

Castro: una colosal aberración

Algunas realidades de la geopolítica son punto menos que inentendibles. Por ejemplo, la colosal proyección mundial de la figura de Fidel Castro y su incuestionable importancia como líder político. Que encarnara, en su momento, las esperanzas de la izquierda internacional y que fuera todo un símbolo de la pureza revolucionaria se comprende sin mayores reservas. Pero, luego, devenido en un dictador megalómano y criminal ¿por qué no fue condenado universalmente y reducido a su verdadera condición, a saber, la de un sujeto destructivo que sumió a todo un país en la miseria? ¿Acaso contaba más su inflamada retórica de demagogo mentiroso que sus perversas facultades de crear un auténtico infierno en la isla? ¿Nunca vieron, sus valedores, que cientos de miles de cubanos intentaban escapar a toda costa de la tierra que los vio nacer, por cualquier medio, arriesgando sus vidas a bordo de frágiles barcazas, como ahora mismo lo hacen quienes huyen de la barbarie en las costas del Mediterráneo? ¿Cómo ocurrió esa suerte de gran confabulación internacional para que los mandatarios de tantas naciones se hayan sentido obligados, todavía, a hacer acto de presencia en los pomposos y rimbombantes funerales de Estado que celebra el régimen castrista? Hablando, justamente, de “castrismo”, ¿no es totalmente inaceptable la existencia de una dinastía en cualquier democracia moderna? Y, el simple hecho de que el “Comandante” le haya legado el poder a su hermano, ¿no debiera suscitar una oleada de condenas y rechazos en todo el planeta? ¿De qué estamos hablando, de que la “Revolución” justifica todos los abusos, todas las arbitrariedades, todos los excesos personales y todos los atropellos?

Había que verlo, a Daniel Ortega, el sátrapa de Nicaragua, en la tribuna de la Plaza de la Revolución, farfullando anteayer un discurso de tan ampulosa y ridícula retórica que, de pronto, la cursilería adquirió las inquietantes resonancias de una verdadera amenaza (lo cual, si lo piensas, no es un logro menor). Tocó luego el turno a los aprendices de dictadorzuelos de Suramérica: Maduro, el de Venezuela; Correa, el de Ecuador; Morales, el de Bolivia… Ninguno consignó siquiera que en Cuba no hay elecciones libres (es, supongo, lo que desean para sus propias naciones). El absurdo, en el mundo, no sólo lleva el apellido de Trump, señoras y señores.

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