Política Irremediable

Lo que da miedo es la gente, no Trump

Está teniendo lugar, en muchas de nuestras sociedades, una “fractura social”, algo así como la deserción en masa de sectores enteros que, por no encontrar respuestas a sus inquietudes —y, sobre todo, por experimentar un creciente resentimiento— no se consideran ya parte de un “sistema” en el que han dejado de confiar y creer.

El fenómeno es muy preocupante porque el descrédito de la clase política, uno de los detonadores de esta situación, termina por transformarse en un cuestionamiento, tan lapidario como drástico, de la democracia liberal. El paso siguiente es el extremismo, la intolerancia, la adopción fanática (y acrítica) de ideologías radicales y, naturalmente, la paralela adoración del personaje público de turno que, sacando astutamente provecho de parecida coyuntura, se presenta como el gran redentor, la figura providencial, el líder que va a transformar el mundo de un plumazo y dar inmediata satisfacción a las demandas de los inconformes.

Trump no es otra cosa que eso, como en su momento lo fue Hugo Chávez y como lo han sido los individuos carismáticos (de hecho, el carisma debiera ser un rasgo que nos llevara a descartar en automático a cualquier aspirante a un cargo de elección popular y, por el contrario, la grisura tendría que inspirarnos la mayor confianza; digo, ¿qué queremos, nefastos caudillos protagónicos o simples y sensatos administradores de la cosa pública?) tan hábiles para embobar a las masas con sus encendidas retóricas, sus promesas, su insidioso revanchismo y esa intuición que tienen (hay que reconocerles cualidades, de cualquier manera) para conectarse con los más oscuros y primitivos impulsos de la gente.

Miren ustedes los resultados que está dando, en estos momentos, la receta de decir bien alto y bien fuerte lo que otros callan por considerarlo demasiado tosco, demasiado soez, demasiado vulgar o demasiado chabacano, por no decir peligroso.

Constatemos, luego entonces, una deprimente realidad: los demagogos populistas florecen, de manera natural, en un ambiente que les es completamente propicio y son tan zafios como los votantes cavernarios a quienes representan. Ni más ni menos. Qué miedo, oigan…

 

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