Política Irremediable

¡Que no se construya nunca nada!

Me queda muy clara una cosa: en este país de oscuros resentimientos y revanchismos no habrá nunca manera de proponer o plantear la realización de algún proyecto —el que sea, desde una presa hidroeléctrica hasta una carretera, pasando por aeropuertos, centros de entretenimiento, puentes, vías de ferrocarril o simples estaciones de servicio— sin que se levanten las furiosas voces de esos miles y miles de mexicanos que se oponen absolutamente a todo.

La postura existencial de esta subespecie autóctona está sustentada en el más destructivo rencor y sus individuos estarán siempre dispuestos a movilizarse para que no se construya nunca nada, para que nuestra ruinosa infraestructura no se modernice y para que no se realice inversión alguna en todo el territorio nacional. Ah, pero al mismo tiempo escucharemos sus voces plañideras denunciando que no hay recursos para esto o para lo otro y que "los ricos y los poderosos" —obligadamente satanizados en su condición de enemigos de clase— acaparan todas ganancias y provechos que se puedan lograr en el sistema económico.

Así, la capital de la República ya se quedó sin un corredor cultural (sí, en efecto, iba a haber locales comerciales porque el proyecto de avenida Chapultepec debía ser rentable) y, ahora mismo, otro grupo se opone a... ¡que se levante una rueda de la fortuna en el parque más importante de la ciudad! ¿Ya viajaron, estos estorbosos, a algunas ciudades europeas —más hermosas, de hecho, que la devastada CdMx—, ya descubrieron el enorme disco de metal en el paisaje de Londres (o en la mismísima plaza de la Concordia de París) y ya comprobaron que nadie se queja, que esas construcciones son ya parte del escenario urbano y que, además, representan una atracción para los propios habitantes de esas grandes metrópolis? O, ¿acaso la especificidad mexicana —esa especie de maldición cultural que nos hace no querer ser como nadie más, aunque tantos otros países estén mejor que nosotros, sino privativamente locales— nos obliga a no levantar ruedas de la fortuna sino, digamos, réplicas de pirámides mayas o, con mayor espíritu práctico, horrorosos tenderetes de fritangas pestilentes y baratijas chinas que, ahí sí, parecen no ofender el exquisito gusto de los citadinos? Digo...


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