Política Irremediable

El caldo de cultivo del fascismo

Los errores los cometen los gobernantes y las consecuencias las pagan los gobernados. O sea, que los ciudadanos nos encontramos en un asombroso estado de indefensión: inclusive en las sociedades democráticas, estamos a merced de las necedades perpetradas por los politicastros y sus malas decisiones nos afectan directísimamente. Ahora mismo, España y Portugal afrontan tremendas durezas: se han sometido a unos ajustes draconianos y han debido sacrificar, entre otras muchas cosas, las políticas de apoyo a los sectores más desfavorecidos: de pronto, los viejos que malviven su soledad en las ciudades ya no reciben las visitas de los trabajadores sociales (hasta en un país como Francia, y sin crisis de por medio, miles de ellos murieron —desatendidos, por simple deshidratación— en la ola de calor de 2003); a las mujeres se les niegan ayudas para atender a sus hijos pequeños; los jóvenes no tienen trabajo, o sólo pueden encontrar puestos de obligada precariedad y, encima, muy mal pagados; a los parados de larga duración se les ha suspendido el seguro de desempleo; comienza a haber desnutrición en los niños; miles de personas han perdido sus viviendas y, por si fuera poco, deben todavía seguir pagando la deuda a los bancos; etcétera; etcétera.

Esta realidad, que coincide con la de la escandalosa corrupción de la clase política, se ha transformado en una suerte de perversa normalidad que, más allá de los movimientos populares que puedan haber surgido en los últimos años, no parece ya merecer la atención de casi nadie. Es más, se anuncian nuevos desplomes e inminentes catástrofes ahora que el mercado inmobiliario, presuntamente recuperado del derrumbe que sufrió en 2008, se lanza alegremente a la conquista de nuevos compradores. Y, al mismo tiempo, se decreta el fin de una crisis al vislumbrarse —en un país como España que, justamente, ha hecho los deberes— un muy escuálido crecimiento económico. Pero, para cientos de miles de seres humanos, la vida diaria no cambia. Y son, justamente, los posibles votantes de los nuevos partidos políticos, como Podemos en la Península o como el propio Syriza en Grecia. La deriva populista, en este sentido,es muy inquietante. Porque, recordémoslo, la dureza de las exigencias impuestas a Alemania después de la Gran Guerra propició el advenimiento del régimen de Adolf Hitler. No es una casualidad que entre los socios de Alexis Tsipras se encuentren neonazis y fascistas. Y tampoco que el triunfo del no en el referéndum griego haya sido saludado por la ultraderecha francesa de Marine Le Pen. Así las cosas, los partidarios de suavizar las condiciones del rescate de la nación helena tendrían un punto a su favor. Al tiempo…

 

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