Política Irremediable

Está bien, me olvido de Aguascalientes, pero…

Es innegable que la corrupción, del brazo de la impunidad, es una maligna plaga nacional; estoy conforme, de la misma manera, con la apreciación de lo podrido que está el aparato de justicia en este país; y plenamente dispuesto a reconocer el vergonzante estigma de la desigualdad, las escalofriantes manifestaciones de la violencia, la realidad de la indigna pobreza que padecen millones de mexicanos, la inaceptable amenaza de la inseguridad y el insolente cinismo de nuestra partidocracia. O sea, que, en plan desaforadamente pesimista y a tono con el catastrofismo que se lleva en estos tiempos, me sumo a los coros de lamentaciones donde, entre otros participantes, se escuchan las airadas voces de artistas e intelectuales.

Y, ya puesto, me olvido de Aguascalientes —donde vivimos civilizadamente, tranquilos y seguros, sin agitación social alguna, aparte de que hemos crecido económicamente un 11 por cien— y, como decía, declaro, en el pequeño y modesto territorio de esta columna, que sí, que México “se está cayendo a pedazos”. Pero, a ver, leo, en el diario El País, la siguiente deposición de Juan Villoro, entrevistado junto a otros escritores que suscriben el reciente discurso de Fernando del Paso, y comienzan a flaquear mis recién adquiridas convicciones tremendistas: “Los escándalos se han convertido en forma de la rutina y carecen de resonancia, y a la falta de explicaciones y soluciones en relación con Ayotzinapa se le llama verdad histórica”. Pues, no puedo estar más en desacuerdo. Si algo sí se ha explicado y aclarado, más allá de que no se pueda solucionar en lo absoluto la circunstancia de que hayan muerto los muchachos, es precisamente este suceso: están detenidos Abarca y
su mujer, decenas de policías y los asesinos confesos de la atrocidad. ¿Por qué no reconocerlo y por qué no admitirlo? No entiendo, pero no quiero compartir esta postura, que es la de tantos otros denunciantes. Así que me retracto y afirmo que Aguascalientes no se está desmoronando. Y tampoco Querétaro ni Campeche ni Yucatán, entre otros estados de un México, pacífico y trabajador, que también existe. Pues eso.

 

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