Política Irremediable

Muy barato, volar en helicóptero

Luego de paladear las mieles del dinero y el poder, debe ser muy duro caer en desgracia. En ocasiones, el inesperado advenimiento de la adversidad resulta de alguna torpeza cometida por simple descuido o de excesos que, si bien los auspicia la soberbia, no pasan de ser delitos muy menores aunque, eso sí, costosísimos para quien los perpetra. Otras veces, es mera inconsciencia lo que hay detrás o, inclusive, la consumación de un pecadillo que no hubiera debido trascender los ámbitos de lo privado pero que, en una época en la que cualquier vecino anda provisto de un teléfono inteligente que todo lo filma —desde un tsunami hasta la caída de un avión—, no sólo queda indeleblemente grabado sino que es de inmediato reproducido en esa suerte de provisoria eternidad, con perdón de la paradoja, que se ha construido en unas redes sociales donde, por si fuera poco, el público, implacable, lo habrá de utilizar como material probatorio.

El exabrupto antisemita de John Galliano no tuvo lugar en una conferencia de prensa sino en la terraza de un café parisino pero, inevitablemente registradas sus destemplanzas racistas, eso bastó para que la casa Dior echara a su diseñador estrella. Y, bueno, a Cho-Hyun-ah, antigua vicepresidenta de Korean Air e hija del patrón, le acaban de recetar un año de prisión por haber escenificado una tremenda rabieta en un avión de la aerolínea (una azafata le había servido sus nueces en un envoltorio) al punto de que obligó al comandante a volver a la puerta de embarque para que dejaran a la mujer en tierra. El juez, al dictar tan descomunal sentencia, no tomó en cuenta que, cuando viajas en primera clase, el champán te lo tienen que servir en copas Riedel y la cubertería debe ser de Christoffle sino que la acusó desconsideradamente de violar las leyes de la aviación. En fin, aquí hemos tenido también el caso de una hija altanera, bautizada como ‘lady Profeco’ por el populacho maldiciente, y, últimamente, lo del helicóptero usado por el señor Korenfeld. Más allá de lamentar que el Gobierno pierda a un especialista de primera línea, hay algo que sigue sin cuadrarme: apoquinó 10 mil 800 pesos a la Tesorería de la Federación por ocho minutos de traslado. Los otros vuelos —el de la base de la aeronave hasta Bosque Real y el de vuelta desde el aeropuerto— ¿quién los va a pagar?

 

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