Política Irremediable

El altísimo precio de la corrupción

¿Una afrenta al Estado? Pues sí, en efecto. Pero, no es muy difícil ridiculizar a un Estado carcomido por la insolente corrupción de sus funcionarios, vulnerado por la ausencia de seguridad jurídica, roído por una creciente descomposición social y amenazado por una aterradora violencia. Un Estado de leyes que no se aplican, de reglamentos que no se respetan, de promesas que no se cumplen y de derechos que no se garantizan. Un Estado que educa a medias, que no ampara a sus ciudadanos y que no ha podido todavía asegurar una vida digna a la mitad de su población. Un Estado donde a los niños, lo más precioso que pueda tener nación alguna, se les despoja vilmente de sus días de clase para complacer a un grupo de chantajistas canallas disfrazados de maestros. Un Estado donde los primerísimos infractores, salvo algunas muy honrosas excepciones, son los propios miembros del Congreso, los alcaldes, los agentes de la policía, los inspectores, los aduaneros, los fiscalizadores, los delegados y todos los demás. Un Estado donde un mexicano emprendedor y honrado no puede siquiera aspirar a abrir un pequeño negocio porque, a las primeras de cambio, le cae encima una plaga de funcionarios extorsionadores. Un Estado cuyos valerosos marinos de la Armada se juegan la vida para detener a un peligroso delincuente y, a las pocas semanas, constatan que un juez lo ha dejado en libertad. Un Estado donde no se rinden cuentas y donde los crímenes no se castigan. Un Estado que ha fomentado una cultura colectiva de ilegalidad. Un Estado débil, para un México fatalmente dividido en dos mitades: la moderna potencia industrial, muy exitosa, y el desorganizado país de las carencias.

Y, bueno, así las cosas, un personaje como El Chapo, repartiendo dinero a diestra y siniestra, obtiene los planos de una prisión de alta seguridad (¿por qué no habría de hacerlo?), se agencia los favores de sus guardianes en la cárcel, contrata los servicios de excepcionales operarios, compra la complacencia de aquellos mismos que debieran custodiarlo y, finalmente, se escapa de la prisión más vigilada de México. Digo, ¿de qué nos sorprendemos?

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