Política Irremediable

¡Se alquila (por lo menos) la mitad de México!

Ya casi nada nos sorprende, en un país azotado por la violencia criminal y unos niveles de corrupción absolutamente asombrosos. El mismísimo Gobierno del estado libre y soberano de Nuevo León acaba de exhibir las imágenes de las celdas especiales que ocupaban algunos reos en la cárcel de Topo Chico. Pues, señoras y señores, ahí donde un preso común debía pagar una cuota para agenciarse una barra de jabón o dormir en una plancha de cemento (por cierto, si no apoquinaba la cantidad ¿dormía en el suelo, hacinado con otros de su condición en un pestilente calabozo?), los detenidos más poderosos —es decir, los más ricos o, en el peor de los casos, los más violentos— disfrutaban de comodidades dignas de un hotel de lujo: minibar, pantalla plana, baños sauna, etcétera.

Pero, a ver: ¿no hubo momento alguno en que la directora del penal, así fuere por simple curiosidad, realizara un recorrido por las diferentes secciones del centro de detención para ver en qué condiciones vivían los presos? ¿Nunca le vino a la cabeza hacer una inspección? ¿No tenía la más remota idea de lo que estaba ocurriendo en el interior de un espacio que estaba a su cargo?

Esta dejadez es punto menos que increíble: estaríamos hablando de los más colosales niveles de irresponsabilidad; o, más bien, de la más cínica de las complicidades. ¿A cambio de qué? Pues, ya habrán de hacer ustedes la tasación, basados en su capacidad de imaginar corruptelas y componendas.

Ahora bien, después de un suceso en el que 49 reclusos fueron salvajemente asesinados ¿podemos siquiera imaginar que el problema ya se arregló en las otras cárceles de México? No. Para nada. La situación sigue —y seguirá— como si no hubiera solución posible a parecida perversidad, como si las pandillas criminales que se han apoderado de las prisiones fueran totalmente inmanejables —aparte de invencibles— y como si la podredumbre del aparato penitenciario fuera tan irremediable como natural.

Lo que pasa es que todo se explica —y todo se conecta— partir de un fenómeno generalizado en este país: la expropiación pura y simple de los bienes públicos para servir intereses particulares. Desde el alquiler de esquinas a vendedores ambulantes hasta la venta de botellines de agua en las prisiones, México entero es un botín de canallas. Pues eso.


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