Política Irremediable

Y, ahora ¿cómo callamos a Trump?

El tipo, que muy seguramente no es tan imbécil como parece y cuyas sandeces, esas que suelta con tanta desenvoltura, las ha calculado muy cuidadosamente, tiene ahora más de qué hablar. “Se los advertí”, garrapateó enseguida en su cuenta de Twitter al enterarse de que El Chapo Guzmán se había fugado de una cárcel de alta seguridad: “Corrupción increíble y Estados Unidos está pagando el precio”, sentenció además, sin que sepamos, en lo que toca a la conclusión que saca de constatar la podredumbre de México, si está hablando de los consumidores de droga de su país, de la deslocalización de los trabajos estadounidenses que resulta de los bajos salarios en nuestro territorio o de las ayudas que nos ofrecen los norteamericanos para que seamos nosotros, ahí sí, quienes pongamos los muertos y la sangre en una guerra que ellos no parecen estar ganando en su propia casa porque, hasta nuevo aviso, siguen siendo los primerísimos compradores de sustancias ilegales de todo el mundo.

Pero, aunque lo que diga o deje de decir ese personaje sea irrelevante y que sea muy evidente el propósito de sus bufonadas, el desprestigio del Gobierno mexicano —y de la nación entera, que aparece ante el mundo como una auténtica república bananera— es casi irreparable en el mediano plazo. Lo que pensamos aquí, más allá de que a un sector del público le parezca gracioso que un asesino haya consumado la insólita gesta de escapar por segunda vez de una prisión vigiladísima, lo piensan también en todos los demás lugares: las burlas son parecidas y las conclusiones, por más abusivas y apresuradas que resulten, son las mismas. Lo más desalentador, sin embargo, es que se refuerza todavía más la perniciosa desconfianza de unos ciudadanos que, si algo puede ser sospechoso —o si cierta cosa, por el contrario, es inusualmente clara y transparente— exhiben de inmediato un asombroso nivel de credulidad, tan aviesa como malintencionada: hablo, señoras y señores, de que la gente se cree ya cualquier patraña por poco que implique el descrédito de un tercero, sobre todo si está relacionada con lo público. Y, bueno, esto, lo de El Chapo, que no podía y no debía ocurrir, es un fantástico regalo, uno más, para los insidiosos. Nunca ha parecido tan irrecuperable la confianza.

 

revueltas@mac.com