Se presenta un tipo a la entrada de un negocio: que si queremos comprar unas empanadas, nos dice, a la encargada y a mí; están muy buenas, las hacemos mi mamá y yo porque no tenemos trabajo, remata. Casi no le prestamos atención porque eso de que te vendan artículos no solicitados forma parte de un paisaje tan cotidiano que ya no lo advertimos siquiera. Pero algo ha habido en la fugaz aparición del hombre –su mirada, tal vez, o el tono de su voz o un gesto indeterminado— que, de vuelta en la calle, me viene a la mente la escena y, lamentando no haberle comprado una de esas empanadas suyas que hornea en casa con la madre, trato de imaginar las circunstancias de su existencia. Para empezar, que una persona sin empleo salga fuera a vender cosas es muestra de un decidido espíritu emprendedor; pero, también, la palmaria exhibición de lo arrinconado que pueda sentirse un individuo acosado por la adversidad.
Cuando tienes un local, el cliente que traspasa el umbral ya ha manifestado, por lo pronto, su voluntad de adquirir alguna de las mercancías que exhibes en los escaparates. Pero si quieres venderle algo a la primera persona que se te cruza en el camino, sin previo acuerdo y de manera totalmente fortuita, la más probable es que encuentres, una y otra vez, la más destemplada indiferencia, por no hablar de una abierta hostilidad. Y esa circunstancia, la de que tus desvelos y esfuerzos no le importen a nadie, es devastadora para cualquier humano. Peor aún: si horneaste tus empanadas –que tú sabes que están muy buenas— y sales a la calle a querer que te las compre la gente es porque quieres, meramente, ganarte el pan de cada día, tener un poco de dinero en los bolsillos y llevarle la mesada a los tuyos. Nada más. Y, nada menos.
Resulta, sin embargo, que la vida es así en este país: millones de mexicanos, sin empleo y sin futuro, buscan, con la sosegada desesperación del hombre de las empanadas, un pequeño espacio para existir. Su sufrimiento de todos los días, ¿nos importa a los demás?