Política Irremediable

Supervisar todo para no controlar nada

Las medidas de control y las inspecciones de la administración pública mexicana son tan exhaustivas, aparte de severas, que lo primero que te preguntas es cómo se pueden perpetrar —todavía— tantas raterías y tantas estafas en este país. Lo más llamativo del sistema que se ha implementado es que representa un auténtico estorbo para la eficiencia del aparato gubernamental. Olvidémonos totalmente de esa “simplificación administrativa” que tanto cacareaban nuestros gobernantes en tiempos no demasiado remotos: hoy, los trámites son interminables, las diligencias son colosalmente fastidiosas, las reglas son cada vez más complicadas y las exigencias requieren de un papeleo tan absurdo como engorroso. Las consecuencias son totalmente contraproducentes porque, lo repito, la corrupción y la impunidad siguen ahí, como una auténtica seña de identidad de la cultura nacional pero, al mismo tiempo, llevar a cabo cualquier proyecto resulta espantosamente molesto, por no hablar del tiempo que lleva la tramitación de los permisos y las certificaciones oficiales.

Muy pronto, la burocracia del Estado se verá obligada a contratar a miles y miles de nuevos empleados para supervisar meramente lo que hacen los otros: la perentoria exigencia de “reportar” hasta las más intrascendentes nimiedades y de “justificar” hasta la compra de un lápiz trastocará el fondo en forma y, en una perversa espiral, el Gobierno trabajará, día y noche, para dejar asentadas, en toneladas de documentos inútiles, las gestiones que está realizando en lugar de hacer simplemente las cosas.

Ah, pero seguirán ocurriendo, entre otras prácticas asombrosas, los robos a los oleoductos de Pemex, como si no se pudieran controlar —en una era de aviones no tripulados, imágenes satelitales y sofisticados aparatos de vigilancia— las maniobras de esas cuadrillas de delincuentes que tan descomunales pérdidas provocan a la nación; seguirán los criminales despilfarros en los Gobiernos estatales; y seguirán, sin supervisión alguna, los otorgamientos de contratos extrañísimos como aquel, en el Estado de México, que iba a conceder a cierta compañía el cobro de 50 centavos por cada coche que traspasaría las casetas de peaje en las autopistas de cuota. ¡Ay, mamá!

 

revueltas@mac.com