Política Irremediable

Resultó que salir a votar sí cambia las cosas

El desencanto de los mexicanos con la democracia es evidente: no ha traído más bienestar, no ha servido para frenar una corrupción que ha alcanzado cotas absolutamente descomunales y no garantiza siquiera el más urgente y elemental de los derechos ciudadanos, a saber, la seguridad.

Pero, al mismo tiempo, los ciudadanos votan, a pesar de todos los pesares. Es decir, ejercen la potestad de cambiar a sus gobernantes —aun si, al final, los desempeños de unos y otros puedan resultar igual de malos— y, en este sentido, no se puede decir que la jornada electoral del domingo haya estado marcada por el abstencionismo, salvo en esa capital de la República donde el tema de la mentada Asamblea Constituyente, o como se llame, le importaba un soberano pepino a sus desentendidos pobladores.

Y, miren ustedes, ocurrió que las cifras de las votaciones revelaron, según la sesuda opinión de algunos analistas, la siguiente tendencia: el llamado voto duro de los partidos fue contrarrestado por una suerte de voto ciudadano —algo así como la manifestación de la voluntad individual de todas esas personas que no militan en ningún instituto político y que no son tampoco parte de clientelas ni de grupos corporativos— y, al final, se revirtieron sorpresivamente los resultados, los que habían sido pronosticados por las encuestas y los que se esperaban los propios competidores.

Tal vez por ello, porque las cifras eran tan imprevistas y sorprendentes, es que se aparecieron tantos triunfadores en el escenario: el que se creía ganador no podía, en un primer  momento, asimilar un desenlace tan inesperadamente adverso y el otro, el que tenía ya a su disposición los resultados de los conteos rápidos, proclamaba simplemente su victoria a partir de las evidencias.

Pasaron las horas y, ya ayer, cuando los datos tomaron la forma de una imparable avalancha, no hubo ya manera de negar la realidad (digo, salvo en el caso del único competidor de Morena que llegó a olfatear, en Zacatecas, un tufillo de triunfo y que, marca de la casa, rechaza ahora los resultados que expresan la voluntad del pueblo soberano): siete gubernaturas para el PAN y cinco para el PRI. Nos guste o no, este desenlace evidencia el innegable poder del voto de los mexicanos. Un aviso, con perdón, para los destructivos promotores del abstencionismo.

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