Política Irremediable

¿Quieres trabajar para un "narco"?

El incontestable poder de las organizaciones criminales no sólo se manifiesta en la capacidad que tienen de infiltrarse en los órganos del Estado (después de todo, el más funesto suceso de los tiempos recientes —la masacre de estudiantes perpetrada en Iguala— se debió, según las conclusiones de la Fiscalía de la nación, a que el alcalde de la ciudad trabajaba para Guerreros Unidos, un temible grupo delincuencial y, otro hecho que ha tenido también un costo enorme para el Gobierno de la República, la consabida fuga de El Chapo Guzmán, resulta, muy probablemente, de la complicidad de las autoridades) sino que se despliega entre la gente y penetra hasta en los sectores profesionales.

Los cirujanos plásticos que le transforman la cara a un capo mafioso forman parte de esta suerte de mundo paralelo cuya realidad resulta profundamente perturbadora en tanto que implica oscuras complicidades. También están ahí los ingenieros que diseñan y supervisan la construcción de los túneles que cruzan la frontera o que sirven de vía de escape a los delincuentes; y los albañiles; y los plomeros; y los operarios; y, finalmente, todas esas personas que, por desempeñar los oficios y faenas que se requieren en la vida de todos los días, se encuentran, de pronto, al servicio de un sicario o de un jefe de plaza. Gente que, en el mejor de los casos, trabaja de manera voluntaria —es decir, sabiendo en lo que se mete y asumiendo conscientemente todos los riesgos— o que, por haber sido amenazada (inclusive si la intimidación es una especie de siniestra alternativa a lo que, en un primer momento, fue un tentador ofrecimiento, rechazado por el posible interesado), no encuentra otra salida que colaborar con los criminales. En lo referente a esta segunda disyuntiva, muchos de los individuos que trabajan en los diferentes cuerpos policíacos merecerían, creo yo, el beneficio de la duda. Porque, a diferencia de quienes se desempeñan en otras profesiones, son gente que está obligadamente ahí, en la esfera inmediata de los delincuentes. A un guardián de prisión encargado de custodiar a un peligroso narcotraficante no necesitas siquiera sobornarlo; basta con que le digas que sabes en qué escuela estudian sus hijos pequeños. No sabemos, tampoco, qué arreglos tienen lugar antes de que un juez libere a un capo. Las consecuencias, en todo caso, pueden ser absolutamente aterradoras: tres de los médicos que realizaron la operación quirúrgica en que perdió la vida Amado Carrillo aparecieron luego encapsulados en bidones, en la autopista México-Acapulco, con huellas de haber sido brutalmente torturados.

Se equivocan inauditamente los jóvenes que festejan la fuga de El Chapo en las calles de Culiacán. No es ningún héroe. Es un individuo monstruoso.

 

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