Política Irremediable

¿Quieren a un asesino para que nos gobierne?

La delincuencia, la corrupción y la inseguridad no son problemas que se solucionen con menos democracia sino con más. Una de las más inquietantes manifestaciones del actual desencanto ciudadano es la inculpación de nuestro sistema democrático como responsable del estado de cosas que padecemos: se añoran aquellos tiempos de mano dura en los que un Díaz Ordaz —o quien fuere de su gabinete o del aparato del Estado represor— podía montar un salvaje numerito de exterminio de incipientes e indefensos opositores. ¿Los normalistas que bloquean carreteras, que incendian autobuses de pasajeros y que perpetran destrozos en oficinas públicas? Muy simple: llegas y los dispersas a tiros o los encierras en una prisión militar. ¿Los agitadores y los sediciosos? Lo mismo: te apareces a las puertas de su casa —de noche, preferentemente—, los sacas violentamente de su cama y los arrastras hasta un tenebroso calabozo para someterlos a un durísimo interrogatorio tras lo cual, obtenidas las correspondientes confesiones, les dictas una sentencia tan severa y descomunal que cuando salgan de la cárcel ya no tendrán ni dientes para morder una blanda quesadilla. ¿Los delincuentes? Igual de sencillo: mandas a unos escuadrones de la muerte a que los degüellen, pura y simplemente, y sus cadáveres los pones luego en un helicóptero que vuele para aventarlos en el golfo de México. De hecho, Rody Duterte, el presidente de Filipinas, es justamente lo que ha anunciado que va a hacer con los criminales de su archipiélago: ejecutarlos a la brava (a 100 mil, durante los primeros seis meses de su mandato) y arrojar sus restos en la bahía de Manila “para que se los coman los peces”. ¿Eso es lo que queremos? ¿Un sistema todavía más arbitrario y persecutorio del que ya tenemos ahora?

La escandalosa dejación de nuestras autoridades de justicia no resulta de una ausencia de crueldad sino de algo mucho más sencillo, a saber, la escalofriante inexistencia de un verdadero Estado de derecho. O sea, que lo que necesitamos es más aplicación de la ley, más posibilidades de ser debidamente representados y más respuestas de unas autoridades legítimas a nuestros reclamos y exigencias. De eso va la democracia, oigan…

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