Política Irremediable

Plata o plomo para los alcaldes en México

Parecía que el cargo era tan apetecible como cualquiera de esos otros puestos que te brindan poderes, influencias, notoriedades y peculios. Pero, miren ustedes, ser alcalde se ha vuelto una ocupación de altísimo riesgo: en diez años y hasta julio de 2015, habían sido asesinados ni más ni menos que… 73 regidores, en este país. Una cifra descomunal que debiera parecernos absolutamente inaceptable pero que asumimos con la pasmosa despreocupación de quienes se han acostumbrado a vivir en la más nefanda anormalidad.

La última víctima es esa valiente mujer, Gisela Mota, antigua diputada federal del Partido de la Revolución Democrática, que no aceptó pactar con los delincuentes de la banda Los Rojos para dejarlos operar a sus anchas en Temixco, comunidad de Morelos aledaña a Cuernavaca. Consecuencia: cuatro sicarios entraron a su casa y la mataron a tiros. Brutal, estremecedor y espeluznante.

El mensaje queda meridianamente claro: quien no colabore con los canallas será pura y simplemente ejecutado. Punto. Pero, entonces, ¿cuáles vienen siendo las condiciones para desempeñar las meras tareas de gobernanza en las comunidades donde operan las organizaciones criminales? ¿No hay ya manera de cumplir con la encomienda? ¿El precio a pagar es la complicidad o, peor aún, la muerte?

Sabemos que las policías locales son el eslabón más débil en la procuración de seguridad pública: mal pagadas, mal entrenadas y mal supervisadas, pueden ser muy fácilmente infiltradas por los cárteles de la droga y, de hecho, muchos agentes de estos cuerpos policiacos trabajan directamente para los mafiosos, los secuestradores y hasta los delincuentes de poca monta. Así, la desconfianza que tenemos los ciudadanos es tan grande que las más de las veces no queremos siquiera denunciar los robos o las extorsiones que padecemos. Vivimos en una aterradora indefensión y los altísimos índices de impunidad no hacen más que reflejar la colosal gravedad del problema. Ahora, sin embargo, los victimarios no solamente atacan a los simples vecinos sino que tienen en la mira a los notables de las administraciones locales. O sea, que ya nadie está a salvo. La muerte se democratiza cada vez más, oigan ustedes…