Política Irremediable

En México sí pagamos las deudas

Me puse el saco, como se dice coloquialmente, luego de leer la sentencia con la que Carlos Puig remata su columna de ayer: “Uy, algunos colegas mexicanos se van a enojar muchísimo con esa carta”. ¿Qué carta? Pues, la que Heinner Flassbeck, Thomas Piketty, Jeffrey D. Sachs. Dani Rodrik y Simon Wren-Lewis le escribieron a Angela Merkel para señalarle que las draconianas medidas de austeridad impuestas por ella y sus socios a Grecia no han servido de nada —al contrario, hubieran destrozado la economía de la nación helena, provocado un desempleo masivo, empobrecido a la población y agravado aún más la deuda externa— y advertirle, de paso, que si se emperra en seguir aplicando un tratamiento tan severo, la Historia, con mayúscula, habrá de pasarle factura.

¿De qué estamos hablando, más allá de que Puig diga que muchos de los escribidores de la prensa queremos “que los griegos se jodan” y que estamos furiosos con los ciudadanos “que votaron por no continuar con un programa de austeridad que los tiene ahorcados”?

El primer y más apremiante problema es el sufrimiento de la gente, señoras y señores y, en este sentido, se esperaría, desde una postura meramente humanista, que nuestras conciencias se vieran verdaderamente perturbadas por la realidad de que 40 por cien de los niños griegos viven hoy en la pobreza o de que la mitad de los jóvenes están desempleados. No tienen ellos, además, la culpa de los derroches perpetrados por sus antiguos gobernantes, corruptos y mentirosos. Pero, Grecia, con Antonis Samarás, comenzaba a despegar, así fuere muy tibiamente, y la llegada de los populistas de Syriza no sólo interrumpió la recuperación sino que, sin que Merkel y la llamada troika tuvieran nada que ver, desató una situación insostenible. Eso es lo que nos molesta y lo que no nos gusta.

De pronto, se aparece también México en la discusión. Y, bueno, debemos decir que aquí, debido a las crisis y al endeudamiento externo, hemos sufrido pavorosas devaluaciones, hemos también perdido nuestras casas, nos hemos quedado sin un centavo y hemos afrontado todos los horrores que resultan del mal manejo de la economía. Pero, miren ustedes, nos hemos apretado el cinturón y hemos pagado nuestras deudas. Pues eso. Y, nada más.

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