Política Irremediable

Mancera se atreve a no ser popular

Gobernar no es complacer. Se gobierna, antes que nada, para apuntalar la fortaleza del Estado y para garantizar el cumplimiento de las leyes. A su vez, el Estado existe para amparar a los ciudadanos, para brindarles derechos y asegurar que su soberanía no se vea amenazada por el imperio de los individuos más fuertes y más violentos, a diferencia de los remotos tiempos de la horda primitiva.

Naturalmente, cuando los votantes eligen a un Gobierno, esperan que les sean concedidos beneficios y que mejoren sus condiciones de vida. De ahí que las campañas políticas, cada que tocan elecciones, sean un auténtico rosario de promesas: "Mejores empleos", dicen unos. "Mejores salarios", rematan los otros. Y uno se pregunta, ante la pasmosa cantilena de ofrecimientos tan evidentes y elementales: ¿cómo diablos es que los actuales gobernantes no resuelven de un plumazo el tema de subir los sueldos de la gente? Y, de paso, ¿por qué no brindan generosas pensiones a los retirados y construyen hospitales por todas partes y edifican universidades para que estudie quien quiera estudiar y miles de fabricas para quien quiera trabajar? Lo repito: tan sencillo que parece todo cuando se formula como una oferta —más escuelas, salud para todos, sueldos decorosos, etcétera, etcétera, etcétera— y, miren ustedes, en el momento que pones un pie fuera de casa resulta que las calles están llenas de baches, que no hay medicamentos en las clínicas, que te pagan una miseria por laborar de sol a sol y que el transporte público es inmundo.

Desde luego, están los temas de la corrupción, de la ineficiencia burocrática y la desorganización de lo público, entre otros grandes males nacionales que el opositor de turno resolverá instantáneamente a partir del momento en que ocupe el cargo. Pero también estamos nosotros, los votantes. Somos la clientela natural de los partidos políticos pero, al mismo tiempo (y tal vez por ello, por dejarnos engatusar con prebendas, despensas repartidas en vísperas de las elecciones y encantamientos populistas), carecemos de un verdadero sentido de ciudadanía: desobedientes, desordenados, irresponsables y crónicamente rencorosos, esperamos todo del Gobierno pero no estamos dispuestos a hacer nuestra parte. Para mayores señas, miren la que le ha caído encima a Mancera por intentar que los capitalinos sigan envenenando a sus vecinos con los humos sus coches.


revueltas@mac.com