Política Irremediable

Luis: la ausencia de una voz

Lo habré visto en persona un par de veces nada más. Sin embargo, luego de llamarle —hace años ya— para felicitarlo por alguno de sus estupendos artículos, establecimos una suerte de jubilosa amistad telefónica. Pensaba haber sido yo, desde mis comienzos como escribidor de artículos de opinión, quien había denunciado primeramente la rebuscada necedad de lo del “vaso con agua” pero, en fin, cuando constaté que Luis también señalaba a los enredosos que maltratan nuestra lengua experimenté uno de los más inmediatos placeres que puede proporcionar la lectura de otros columnistas, a saber, la muy reconfortante sensación de sentirte plenamente identificado con una persona que, de pronto, expresa lo que tú mismo hubieras deseado trasmitir.

González de Alba era, además, un auténtico iconoclasta que se atrevía, entre otras cosas, a cuestionar a santones de la izquierda de la talla de una Poniatowska o un Monsiváis, una postura en verdad valiente porque en este país de figuras irreversiblemente consagradas —ungidas colectivamente de una aplastante condición de intocables— nadie osa impugnar sus dichos ni sus quehaceres.

Y hay algo más importante, sobre todo en estos momentos de mentiras, valores distorsionados, confusiones y arteras engañifas: hemos perdido la voz de una persona que decía las cosas por su nombre y que, con el espíritu del verdadero liberal, propugnaba los principios de la tolerancia y la modernidad democrática sin dejarse tentar por la comodidad del “intelectual de izquierdas” que cierra los ojos, de manera cómplice y oportunista, y nos quiere hacer creer que un vándalo es un “luchador social”, que los líderes corruptos de una organización magisterial mafiosa están defendiendo derechos laborales legítimos, que “fue el Estado” o que la acción de la autoridad para preservar el orden público puede ser equiparada a la “represión” ejercida por un régimen autoritario de verdad.

Luis era de ideas muy claras y no sólo las expresaba de manera impecable sino que su prosa estaba teñida de un muy deleitable humor. La decisión sobrecogedora de terminar con sus días le pertenece por completo. Pero, es una verdadera pena: todavía tenía mucho que decirnos y mucho que contarnos.

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