Política Irremediable

Lorenzo Córdova, uno de los nuestros…

Una vez más, nos equivocamos a la hora de nombrar a los culpables. Es un yerro deliberado, desde luego, que resulta de la consustancial maledicencia de la gente, de su hipocresía y de sus oscuros resentimientos. Y es que, señoras y señores, más allá de que un funcionario pueda haber soltado un comentario desafortunado en ciertas circunstancias —y no lo hizo en una comparecencia pública ni mucho menos— la rabia de los ciudadanos debería de cebarse en los verdaderos infractores, a saber, esos espías que, sin escrúpulo alguno, no sólo se inmiscuyen en la sacrosanta privacidad del individuo soberano sino que divulgan, a sabiendas, situaciones embarazosas, además de comprometedoras, con el propósito de desprestigiar y dañar a la persona.

Es muy llamativo, en este sentido, que a Lorenzo Córdova se le pueda cuestionar alguna incorrección siendo que la inmensa mayoría de los mexicanos somos, entre otras cosas, desaforadamente racistas, burlones, mordaces, insensibles, majaderos e incivilizados. Pero, miren ustedes, en lugar de expresarle al consejero presidente del Instituto Nacional Electoral la solidaridad del cómplice que se identifica en su desgracia y que, además, repudia tajantemente la intervención de unos soplones que, llegado el momento, podrían exhibir también sus muy particulares miserias, el (respetable) público arremete contra la víctima y se ensaña inmisericordemente. Estamos hablando, tal y como lo han consignado varias teorías psicoanalíticas, de esa animadversión que nos despiertan los individuos que exhiben nuestros mismísimos defectos y que muestran, así fuere de manera accidental, nuestras estrecheces pero que, colocados fuera de nuestra esfera personal, pueden ser objeto de todas las denostaciones posibles. Y así, en vez de que nos escandalice la perpetración de un delito de espionaje telefónico y la aterradora ofensiva de desprestigio que afronta un personaje público indefenso, nos solazamos, aviesamente, en el linchamiento del primerísimo agraviado. O sea, que de los tramposos delatores ni hablamos. Por el contrario, nuestro índice acusador señala a la víctima y nuestra conciencia de inquisidores se acomoda perfectamente a la ilegalidad. Vaya...

 

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