Política Irremediable

Impunidad, impunidad, impunidad…

Este periódico consignó, en su edición de ayer, que a varios funcionarios del sistema penitenciario que habían sido despedidos por ineptos o corruptos no sólo no se les aplicaron, en su momento, las correspondientes sanciones penales sino que fueron… ¡readmitidos nuevamente en el servicio público, en puestos estratégicos, a pesar de que sus prevaricaciones habían sido plenamente demostradas, probadas y evidenciadas!

Que alguien venga y nos explique lo que pasa en este país, señoras y señores. Que nos lo diga cara a cara, sin dorarnos la píldora, sin rodeos ni tergiversaciones.

Y es que, por favor, ¿dónde se encuentra el límite de lo tolerable, para nosotros los ciudadanos, en materia de cinismo, indecencia, desfachatez, ruindad y bajeza? Es decir, ¿cuántas más trapacerías se supone que debamos soportar de esos empleados públicos —a los que, por si fuera poco, les pagamos sus salarios con el dinero de nuestros impuestos— sin que se aparezca nadie en el horizonte para, de una buena y maldita vez, ponerse a limpiar de verdad la casa?

A uno de los mentados funcionarios de prisiones, un tal José Layseca, director de Obra Pública, Recursos Materiales y Servicios Generales del Órgano Administrativo Desconcentrado [de] Prevención y Readaptación Social, dependiente de la Comisión Nacional de Seguridad adscrita, a su vez, a la Secretaría de Gobernación, “se le sorprendió exigiendo dinero a empresas privadas que tenían contratos por licitación para obra en penales federales”, según la nota de Rubén Mosso aparecida en MILENIO Diario. “Los funcionarios comentaron que Layseca pedía hasta 2 millones de pesos, luego de que amenazaba a las compañías con multarlas por incumplimiento de contrato”. O sea, que estamos hablando de un vil extorsionador, estimados lectores. Pero ¿qué pasó? Pues que, a pesar de que había sido cesado y de que se había solicitado su inhabilitación, volvió a trabajar en el sistema penitenciario. ¿Por qué? No lo sabemos. Lo imaginamos, desde luego. No nos faltan facultades para descifrar tramas y componendas. De lo que carecemos ya, por desgracia, es de la capacidad de indignación para impedir que esto siga…

 

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