Política Irremediable

Confundir los gustos con los derechos

De las epidemias que nos ha traído la modernidad —el optimismo idiota, el desenfrenado culto a las apariencias, el consumismo, el aislamiento de los individuos o la incomunicación, entre tantas otras— una de las más irritantes es la asfixiante exigencia de toda esa gente que, sintiéndose constantemente agraviada por esto o por lo otro, reclama un descomunal y descomedido respeto a sus preferencias, como si éstas no fueran meramente un asunto de aficiones personales sino que resultaran de leyes, reglamentos y obligaciones que se pueden imponer a los demás.

Ya casi no se puede decir nada. Cualquier cosa que resulte ofensiva para mengana o perengano debe ser automáticamente censurada. Pero, además, la demanda de supresión no es formulada de manera tranquila y con moderación sino que se expresa a través de encolerizados exabruptos detrás de los cuales no se adivina la más mínima voluntad de promover educadas discusiones o un mejoramiento del debate público sino mero rencor, simple rabia y, aparte, mucha mala leche, por no decir bajeza.

Ah, pero esa intención, apenas encubierta, de silenciar a todo aquel que no esté de acuerdo con uno y de perseguirlo aviesamente en las redes sociales —aparte de hacerle llegar las consabidas amenazas y las más destempladas injurias— se alimenta de la otra gran plaga que nos ha infectado en estos tiempos, a saber, esa dictadura de lo políticamente correcto que tan fácilmente ofrece, a los mezquinos y los resentidos, la coartada perfecta para destrabar sus impulsos agresivos. Y los pretextos, cuando se trata de condenar al infractor, pueden ser casi todos, desde una nimiedad como escribir el adjetivo ‘autista’ para representar a un politicastro ensimismado en sus supuestas heroicidades hasta la declaración de cualquier individuo que, bien calculadamente, confiese que le gusta la fiesta de los toros.

El futuro es negro: quien utilice el sabroso término ‘mariconear’ será denunciado por los homosexuales extremistas ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos y las feministas belicosas terminarán por imponer una suerte de supremo libro de estilo, de uso universal, del cual serán desterrados todos los adjetivos presunta o posiblemente machistas. Al final, a ver quién cierra la puerta…

 

revueltas@mac.com