Política Irremediable

Bárbaros, atrasados y crueles

La corrección política tiene una razón de ser. Se ejerce para garantizar un trato respetuoso y civilizado a los individuos de todas las creencias, razas, ideologías y condiciones. Pero, contaminada progresivamente de rigorismo y mojigatería, comienza a ser cada vez más asfixiante y, en los hechos, es ya el instrumento favorito de esos inquisidores de siempre que, pretextando la salvaguarda de virtudes, se sirven de ella para inducir temores, reverentes obediencias, prudencias extremas y, de refilón, la pesada prohibición de cualquier conducta espontánea.

Pues bien, no toda cultura es respetable ni todos los pueblos son admirables ni todas las sociedades son dignas de consideración. Esto, naturalmente, ya no lo puedes decir pero yo me permito afirmarlo de todas maneras. Y lo asevero porque, de plano, me horrorizan tanto algunos usos y costumbres de ciertas colectividades que no puedo menos que sentir un total rechazo hacia ellas, en su conjunto y sin sentirme obligado a distinguir diferencias exculpatorias. Para mayores señas, se habrán enterado ustedes de ese joven que, por manifestar en su blog que todas las religiones son equivalentes y que el ateísmo es legítimo, aparte de tocar el tema de la separación entre el Estado y las creencias religiosas, habría “ofendido” al islam y, tras ser detenido por las autoridades de Arabia Saudí, fue condenado a recibir 50 azotes cada semana. Luego de la primera sesión de tortura, con la espalda desgarrada, sus carceleros decidieron que no debía ser sometido a un segundo castigo. Se trata, sin embargo, de una mera postergación para que el asunto no se vuelva demasiado sangriento.

Es que es otra cultura, dicen algunos biempensantes aquí en Occidente. No, señoras y señores, es la barbarie pura y dura de un régimen medieval, atrasado, cruel y profundamente inhumano cuyo único posible descargo es que vende millones de barriles de petróleo. A la benevolencia que se agencian los sauditas a punta de petrodólares no debe sumarse la bobalicona mansedumbre de quienes, solazándose en su “corrección”, pretenden censurar nuestros sonoros adjetivos. No, no y no.

 

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