Política Irremediable

Ayotzinapa: cada quien cree lo que quiere creer

La conversación con un amigo, la semana pasada durante una cena, se desenvolvía con grata normalidad hasta que surgió el tema de Ayotzinapa. Me di cuenta ahí que mi camarada tenía apreciaciones totalmente opuestas a las mías. Y, miren ustedes, no hubo manera de hacerle cambiar sus puntos de vista. ¿Las confesiones de los sicarios sobre las razones que tuvieron para deshacerse de los muchachos, las órdenes que recibieron de sus jefes, la incineración de los cuerpos y su posterior pulverización, lo de las bolsas de plástico que echaron al río, etcétera, etcétera? Muy simple, fueron obtenidas bajo tortura. ¿El hecho de que en el teléfono celular de uno de esos antedichos sicarios figurara un SMS avisando de que la tarea había sido consumada y de que "jamás habrían de encontrar los cuerpos? Mirada de incredulidad, menosprecio de la prueba. ¿La aseveración de un par de criminólogos estadounidenses de que los cuerpos podían arder sin mayores problemas en la pira encendida en el basurero de Cocula? Sí, pero ¿por qué tienen que ser los "gringos" quienes conjeturen sobre el suceso? ¿La diligente actuación de la PGR y la detención de decenas de presuntos culpables, entre los que figuran policías municipales y miembros de la Organización Guerreros Unidos? Nada probatorio, tampoco: en este país las cárceles están atestadas de gente inocente y las autoridades fabrican culpables. ¿Los resultados enviados por los expertos de la Universidad de Innsbruck que confirman que algunos restos analizados sí corresponden a dos de los estudiantes normalistas? De nuevo, expresión de escepticismo. Y así...

En contrapartida, sus argumentos se sustentaban en que los enviados de la CIDH habían dictaminado que los cadáveres no podían ser quemados así; además, hay una grabación en la que uno de los muchachos avisa que su grupo está siendo atacado por "policías federales"; el Ejército mexicano intervino; las víctimas fueron cremadas en un campo militar; el Gobierno miente pero casi sería mejor, de una buena vez, que dijera la verdad y confesara que mató a los 43 desaparecidos...

Algo me quedó más o menos claro, luego de la conversación: cada quien elige, por cuenta propia, qué creer y qué no creer. Las evidencias, en este sentido, prácticamente no cuentan. Ah, y luego está el asunto de la mala fe de tanta otra gente...


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