Política Irremediable

¿Alguien quiere gobernar la Argentina?

El peronismo es un movimiento con tan aplastante influjo en la Argentina que nadie, ni ese candidato de inclinaciones liberales que acaba de ganar las elecciones  presidenciales, se puede permitir el lujo de tomar sus distancias. Las formas dictadas por la tradición hay que guardarlas y quien repudie abierta y públicamente la herencia del caudillo, aunque en los hechos se ponga a gobernar como le venga en gana y a aplicar descaradamente políticas de derechas, habrá cavado su propia tumba política.

En una extrañísima mutación de la subespecie suramericana, a un 60 por cien de los argentinos les fueron inseminadas las figuras de don Juan Domingo y de su mujer, Santa Evita, omnipresentes a lo largo y ancho del territorio nacional, en fotos oficiales y carteles propagandísticos, e ineludibles como referencia obligada en el discurso de cualquier hombre público. Y así, Mauricio Macri, para ganarse las adhesiones de las mayorías, inauguró en su momento una estatua del prócer en Buenos Aires, flanqueado por santones del peronismo como el señor Duhalde, ex presidente, y Hugo Moyano, el peleón y poderosísimo líder de los camioneros. Advertimos también que rebajó el tono de sus antiguas proclamaciones procapitalistas a la vez que adoptaba la insigne retórica del populismo subcontinental.

El problema, señoras y señores, es que, más allá de la demagogia oportunamente reciclada y de las muy convenientes modificaciones al estilo personal, el actual alcalde de Buenos Aires va a tener que gobernar un país que se encuentra en una situación complicadísima y, más temprano que tarde, tendrá que tomar medidas fatalmente impopulares —que diga, fatalmente antiperonistas— para revertir, dentro de lo humanamente posible, la catastrófica deriva económica que propulsó doña Kirchner: vendrá una devaluación mayor, se aplicarán políticas de austeridad y los argentinos, una vez más, volverán a apretarse el cinturón. O sea, que los platos rotos de Cristina los pagará Mauricio. Y la señora, en ese mismo momento, comenzará a lanzar carretadas de mezquinas admoniciones, frotándose las manos al ver que la han puesto la mesa para su regreso. Porque, digo, volverá. Los argentinos, no lo olvidemos, son irremediablemente peronistas.

 

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