Política Irremediable

Ahora es mal humor. Luego será una rabia incontenible…

¿Mal humor? Pues, sí, la mayor parte de la gente que conozco está muy descontenta: se queja de la corrupción, en primerísimo lugar, pero esta reclamación se multiplica exponencialmente entre quienes han tenido que apoquinar los impuestos que doña Hacienda les asesta a los indefensos contribuyentes de este país: los mexicanos que más trabajan y que más producen ya le pagan al fisco unas cantidades comparables a las de esos daneses y noruegos que, sometidos también por sus correspondientes cobradores de contribuciones, no respingan tanto porque reciben, a cambio, buenas prestaciones de salud, buena educación gratuita, buenas pensiones y buenos servicios públicos, por no hablar de que no afrontan barbaridades como tener que pagar cuotas a extorsionadores o que los asesinen vilmente luego de que unos canallas hayan cobrado el rescate que tan penosamente solventó su familia.

El que paga manda, sentencia un dicho popular, pero esta fórmula no se aplica a quienes cumplen con sus obligaciones fiscales en México: aquí, los que pagan, que son una minoría, además, y que no cuentan con recurso alguno para poder eludir la agobiante erogación porque el eficientísimo Servicio de Administración Tributaria los tiene totalmente vigilados, investigados y controlados (por cierto, ¿cómo es que los demás entes públicos no funcionan de tan eficaz manera y cómo es que en toda nuestra Administración no se observan parecidos desempeños? Si tuviéramos aquí una policía tan competente como el SAT en lugar de esos cuerpos policiacos que Jorge Castañeda calificaba como los peores del mundo en un artículo reciente, el escalofriante problema de la inseguridad no existiría. De paso, hablando de las prioridades nacionales, ¿no es más importante proteger a los ciudadanos que cobrarles impuestos?), los que pagan, repito, no sólo sienten que no reciben nada a cambio sino que asisten, en total impotencia, al espectáculo público de derroches, dilapidaciones, malos manejos, malversaciones, corruptelas, ineficiencias y escandalosos enriquecimientos de funcionarios y politicastros.

O sea, que si no se tramitan y se decretan las leyes anticorrupción, ese tal “mal humor” se va a trasmutar en una rabia verdaderamente incontrolable. Digo…

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