Apuntes Decembrinos

Los tesoros del viejo

Hace unos 20 años, escribí un artículo que sigue revoloteando en mi memoria: lo inspiró una emisión de la televisión pública chilena (extrañamente, figuraba esa cadena en el servicio de tele por cable que tenía en aquel entonces) sobre unas islas, en las costas de la nación suramericana, que se habían ido despoblando poco a poco hasta el extremo de que en algunos grados del colegio local sólo asistían dos o tres alumnos. Uno de los habitantes entrevistados por los autores del reportaje era un viejo abandonado: su mujer se había ido a vivir a la isla de enfrente con un antiguo vecino. A la interrogación de si le gustaría vivir de nuevo con una pareja respondió que sí, que le ilusionaba mucho volver a tener una compañera. Muy agudamente, los periodistas le preguntaron entonces qué es lo que podría ofrecerle a su posible futura mujer; y, cual poseedor de un gran caudal, el hombre hizo un amplio gesto con las manos, como queriendo abarcar en un ademán los objetos del cuartito en que vivía, y dijo: “todo esto”. En ese momento, con una exquisita sensibilidad, el camarógrafo comenzó a filmar las posesiones del anciano: la estufita de su cocina, las cazuelas que tenía apiladas en un rincón, sus herrumbrosos utensilios, los adornos de la mesa, el mantel cuidadosamente plegado bajo un paquete de servilletas de papel, en fin, todos aquellos trastos y cachivaches que, acumulados a lo largo de los años, constituían las riquezas que tan generosamente iba a compartir.

Recuerdo haber subrayado la extrema calidad periodística del trabajo y reconocido las alturas que puede alcanzar la televisión cuando se hace con inteligencia. Pero lo que me ha quedado grabado, hasta hoy, es el instante aquel: apartado del mundo en una isla casi deshabitada, confinado al reducido universo de sus modestísimas posesiones, aquel hombre esperaba todavía, con descomunal candidez, poder ofrecerle un verdadero tesoro a la mujer que habría de mitigar su desoladora soledad.

Los humanos, muchas veces, no nos enteramos del muy pequeño lugar que ocupamos en el mundo. Así y todo, no perdemos nuestras desorbitadas esperanzas...

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