Apuntes Decembrinos

El país ingobernable

El espantajo de la ingobernabilidad siempre ha estado ahí, latente, a la espera de que se manifieste ese “México bronco” —hecho de atrocidades, barbaries y violencias— cuya existencia no podemos dejar de presentir todos los días por poco que miremos cualquiera de los informativos de la tele o nos pongamos a hojear las páginas de los diarios.

Y, bueno, parece que ha sonado la hora de los saqueadores y los vándalos en este país, cobijados bajo el manto de una pretendida “lucha social” que, en su caso, no es más que un pretexto para perpetrar delitos.

El ciudadano descontento es una figura consustancial a la realidad de la democracia liberal. Llegado el momento, expresa su rechazo a los gobernantes emitiendo un voto de castigo el día de las elecciones o participa en una manifestación callejera de repudio a las políticas públicas implementadas. Hasta ahí. El otro, el vándalo saqueador, no tiene cabida alguna en el proceso civilizatorio. Nunca busca el diálogo sino que intenta imponerse a través de la fuerza bruta, aparte de dar rienda suelta a sus oscuros impulsos destructivos; tampoco aspira a que le sean resarcidos de manera formal sus posibles menoscabos sino que desea meramente causar destrozos, sembrar el caos, desquitarse de sus resentimientos y, de ser posible, sacar un provecho material inmediato.

Lo que resulta verdaderamente inquietante, en estos momentos, no es saber de la existencia de tales individuos —que uno los supondría confinados a una condición de marginalidad— sino constatar la naturaleza casi colectiva del fenómeno: en las depredaciones participan decenas y decenas de jóvenes trasmutados, de pronto, en verdaderos delincuentes. Y, si el vandalismo gana terreno por la inacción de las autoridades en algún punto, entonces… ¡se suma la demás gente, los vecinos, los que pasaban por ahí, los que, en un primer momento, sólo estaban mirando y que, ahora, aprovechan la circunstancia para agenciarse una pantalla plana o una laptop!

Es simplemente aterrador.

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