Apuntes Decembrinos

¡Adiós a mis ocho cilindros!

¿Cuánto dinero podías ahorrarte, anteayer, como para perder tu precioso tiempo en la cola interminable de una estación de servicio? ¿100 pesos? ¿200? Y, de cualquier manera, habrá sido una economía totalmente transitoria y fugaz, para aquellos consumidores que habitan las zonas del territorio nacional en las que se han liberado totalmente los precios de los carburantes: desde el 1º de enero, todas las compras son más onerosas.

Las reacciones colectivas de la gente resultan un tanto extrañas: en los Estados Unidos, los pobladores de muchas comunidades corren a proveerse de víveres tan pronto como se enteran de alguna posible catástrofe natural o de una amenaza artificial: compran agua para sobrevivir cinco semanas, kilos (que diga, libras) de latas de atún, conservas, baterías para las linternas, etcétera, etcétera. Se preparan para el fin del mundo, vamos, esperando que el atesoramiento de bienes les otorgue una suerte de salvoconducto para afrontar adversidades de orden cósmico. Otros, han construido refugios antiatómicos en el patio trasero o en un rincón del jardín.

A diferencia de los estadounidenses, la paranoia no es un marcado rasgo cultural de los mexicanos; vivimos aquí más despreocupadamente y muchas cosas las dejamos hasta el último momento. De vez en cuando, sin embargo, se aparece en el escenario el mexicano previsor, una subespecie que, aunque no se manifiesta de manera tan vociferante como otras minorías, es perfectamente capaz de unirse a la causa de las compras de pánico y de provocar distorsiones en el mercado.

He escrito, en artículos anteriores, que el subsidio a las gasolinas me venía tan bien a mí que estuve a punto de agenciarme un mastodonte de ocho cilindros nada más para disfrutar de alegres aceleraciones en los semáforos y de escuchar el imponente ronroneo de un motor de 5.6 litros. No lo hice porque se impuso la razón y cierta mínima preocupación por el medio ambiente. Hoy, esa plata que me regalaba papá Gobierno se va a usar para programas sociales y construcción de escuelas. ¡Qué rabia, oigan!

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