Apuntes Decembrinos

Pues, bienvenida la tristeza…


¿En qué momento se decretó la muy exasperante disposición de que quienes poblamos los territorios de la postmodernidad no debamos ya nunca exhibir el menor resabio de melancolía ni expresar emociones “negativas” ni dar rienda suelta a nuestros más elementales instintos? Les contaba yo a ustedes, hace un par de días, que ya no puedes comer prácticamente nada porque alguien, en algún lugar, ha consignado la irrebatible malignidad de cada uno de los alimentos. Hasta el salmón ha terminado por llevar mercurio, vamos, y si es cultivado en parcelas acuáticas entonces menos te lo puedes zampar porque contiene “pcbs, químicos que pueden afectar la salud”.

Pues, a la cultura de los comestibles obligadamente sanos corresponde, en el terreno de las emociones, la dictadura de lo “positivo”, el totalitarismo del optimismo y la consigna, absolutamente boba, de que las cosas no son lo que son sino lo que deben ser. Así, ya no le puedes llamar pan al pan ni vino al vino cuando la realidad real los trasmuta en objetos desagradables o perniciosos; debes mirar a otro lado y, para salir del paso, recurrir a la inagotable galería de “pensamientos positivos” confeccionados en los libros de autoayuda.

Mientras tanto, ¿cómo es la vida, señoras y señores? Ah, pues hermosísima y digna de ser vivida hasta el último momento. Pero, con perdón, también puede ser una auténtica putada: un día cualquiera, te echan del trabajo; a la mañana siguiente, se rompe tu pareja de toda la vida; y, para el fin de semana, te enteras de que tus hijos andan en las drogas o de que tu compadre te birló la plata que habías invertido en el negocito que pusieron los dos. ¿Qué dices ahí, en un primer momento? Muy simple: estoy destrozado, me siento tristísimo, la herida de la traición es insoportable y, encima, me corroe un rencor asesino. ¿Sí? Pues, no. Validar esos sentimientos —después de detectarlos, esto es— te coloca en el campo de los “perdedores”. ¿Resultado? La alegría ya no es un derecho, se ha vuelto una imposición. ¿Y la tristeza? Está prohibida, miren ustedes…

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