Apuntes Decembrinos

¡Ay, mamá!


Apenas comienza 2017 y se multiplican ya los signos anunciadores de duras adversidades: la agitación social alcanza cotas verdaderamente inquietantes, el peso se sigue devaluando, la inflación crece mientras que la economía se estanca, en fin, por más que el optimismo fuere el estado más deseable para los pobladores de Estados Unidos (Mexicanos) el hecho es que la realidad real se está imponiendo despiadadamente.

El aumento a los carburantes es tal vez demasiado abrupto, aparte de colosalmente impopular. Pero, es algo que resulta de una contundente circunstancia económica, más allá de que en casi 70 años, desde que se estatizó la explotación petrolera, no hayamos logrado crear un sector energético eficiente y competitivo: los precios están fijados en dólares, importamos gasolinas, no tenemos la suficiente capacidad de refinación, etcétera, etcétera, etcétera. A la larga, esta disposición será benéfica para la nación mexicana pero esto es algo que no se puede siquiera enunciar en un entorno de desaforados descontentos y aviesos intereses políticos (el otro día, en la autopista Guadalajara-Zapotlanejo, los manifestantes no parecían haber llegado espontáneamente, por cuenta propia, sino que habían sido llevados en autobuses; ¿quién pagó el alquiler de esos vehículos? ¿Cómo es, además, que varios centenares de personas disponen de todo el tiempo para personarse en un sitio y sembrar el caos? ¿No trabajan, no deben cumplir con un horario laboral como cualquier hijo de vecino?).

Esto, la protesta ciudadana devenida en motines y algaradas es, justamente, lo que sí resulta muy perturbador. Estamos viendo que, por los bloqueos, miles de trabajadores y empleados no pueden llegar a sus fábricas, a sus talleres, a sus comercios y a sus oficinas. ¿Qué tipo de normalidad es ésta? ¿Qué posible beneficio se puede obtener de pisotear los derechos de los demás? ¿Cuántas pérdidas económicas innecesarias está teniendo nuestro país, ya afectado en primer lugar por un entorno económico desfavorable?

Bueno, añadan ustedes a The Donald a la ecuación, secundado, de pronto, por la Ford Motor Company... ¡Ay, mamá!

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