Apuntes Decembrinos

¿Qué tan malo ha sido 2016?

Mucha gente dice que 2016 no ha sido un buen año —lo que podría ser parcialmente cierto— pero, de ahí a calificarlo en términos tremendistas y de especular que anuncia algo parecido al fin del mundo (que ocurriría, pues sí, en 2017) hay un buen trecho.

No sabemos, aunque tengamos cierta consciencia de las adversidades que nos azotan, de tiempos verdaderamente funestos. Yo recuerdo, cuando ocurrió el famoso “error de diciembre” —atribuible, según el estudioso de turno, a la cerrazón de un Zedillo que desconoció olímpicamente a Pedro Aspe o, en la otra versión, a la imprudencia de un Salinas de Gortari que no logró prever las consecuencias de sus políticas económicas—, que las cosas estaban verdaderamente mal: se devaluó estrepitosamente el peso mexicano, se elevaron descomunalmente las tasas de interés y la gente común ya no pudo pagar las deudas de la hipoteca o del préstamo obtenido para comprar el coche; el crecimiento y el consumo se detuvieron de manera catastrófica; y, en fin, aquella fue una auténtica hecatombe para los bolsillos de millones de mexicanos. Hoy, a pesar de las denostaciones que tantos ciudadanos le dedican a Enrique Peña, no estamos ni lejanamente igual.

Me vienen a la memoria también las crisis debidas a los demagogos populistas que hemos tenido que sobrellevar en este país: Echeverría y el Jolopo arruinaron pura y simplemente a la nación mexicana, y las consecuencias, aunque nadie parezca darse siquiera cuenta, las seguimos pagando todos los días (Corea del Sur despegó, durante todos estos años, y nosotros seguimos estancados en el pantano de siempre).

O sea, que hemos estado peor, mucho peor, en tiempos más o menos recientes. Pero, los niveles de pesimismo y negatividad que tenemos ahora son incomparablemente mayores que los que pudimos haber expresado durante aquellos trances. Naturalmente, las redes sociales han alcanzado la categoría de un auténtico quinto poder, superando tal vez el impacto que tienen aún los medios tradicionales, y las voces que se escuchan ahí, desinformadas y movidas por el resentimiento, no saben de mesura ni matices.

No vivimos en el infierno, sin embargo. Todavía no…

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