El triunfo del cretinismo presidencial

Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos. Falta ver si Trump construye su ominoso muro fronterizo tratando de impedir la entrada a los mexicanos quienes, según él, son delincuentes, violadores y otras perversiones. Falta que cumpla las amenazas proferidas contra todos los inmigrantes. Es posible que el Ku Klux Klan [KKK] esté orgulloso de que uno de sus simpatizantes sea presidente de los Estados Unidos. Todo el fascismo del KKK encarna perfectamente en Trump. El KKK [la Hermandad del círculo] promueve principalmente el odio a los negros, su asesinato, la xenofobia, la supremacía de la raza blanca, homofobia, el antisemitismo, racismo, fascismo y anticomunismo. Esta organización terrorista hoy podría crecer rápido y furiosamente perpetrando impunemente sus crímenes, la violencia y sus actos infames, como la quema de cruces y colgar en los árboles a negros inocentes; nuestra admirada e inolvidable cantante de jazz Billie Holiday, lo cuenta con su dramática canción Strange fruit [Fruto extraño].

El cretino representa la estupidez, al majadero, al patán, al barbaján, el cinismo, etcétera; atributos hoy día tan necesarios a la mayoría de los políticos del poder dominante. Cualidades propias de Trump. La política y el poder del cretinismo imperan en un mundo globalizado bajo las formas desplegadas por un capitalismo tardío descarnado con todas sus atrocidades posibles. En México venimos padeciendo este cretinazgo cuando menos desde el 2000. Trump es un digno, si es que cabe esta palabra, representante de los WASP [White, Anglo-Saxon and Protestant], acrónimo en inglés de blanco, anglosajón y protestante puritano. Un grupo ultraconservador que defiende los valores tradicionales y rechaza la influencia de cualquier etnia, nacionalidad o cultura ajena a la suya. El privilegiado uno por ciento, dueño de las riquezas del país, es hoy más poderoso que nunca, para eso funciona esta democracia.

“La crisis política –escribe Manuel Aguilar Mora– llegó abrupta y arrolladoramente a Estados Unidos y sus consecuencias se sintieron como un terremoto en todo el mundo. En unas elecciones plagadas de escándalos, insultos y carentes de propuestas programáticas de fondo, Donald Trump el candidato republicano menos correcto políticamente, opositor sin tapujos del establishment dominante de Washington, arrasó, contra todos los pronósticos, a la representante conspicua de Wall Street, la demócrata Hillary Clinton… Una crisis política mayúscula provocada, de una parte, por un malestar popular latente desde el crack financiero del 2008, neutralizado parcialmente por los dos cuatrienios de un gobierno de Barack Obama que dejo mucho que desear ante las grandes expectativas que despertó, malestar que finalmente se cruzó de modo explosivo, con motivo de la coyuntura de las elecciones de este año, con una pugna de dos putrefactas facciones oligárquicas gobernantes… Como millonario defraudador del fisco y auténtico majadero machista, se postuló ante los sectores de desempleados y afectados por la desindustrialización del «cinturón oxidado» [rust belt] y de los demás sectores afectados negativamente por la globalización, como su paladín pero sólo de los «blancos pobres» [poor whites], pues su racismo es proverbial”.

Hay quienes elogian la democracia estadounidense como la mejor de los mundos posibles. Que un cretino mayúsculo pueda ganar dentro de esta “admirable” democracia, lo acabamos de ver. Pero no es el voto mayoritario [voto popular] de quienes sufragan directamente y en secreto que decide el triunfador en las elecciones presidenciales, sino la cantidad de votos efectivos [voto electoral] por estados. El presidente de los Estados Unidos se elige en realidad en una asamblea formada por 538 electores–delegados. Cada estado contribuye con un bloque de estos delegados o compromisarios, cuyo número es igual a la suma de sus representantes más sus senadores o delegados. Clinton obtuvo 59, 787,604 votos frente a los 59, 581,587 de Trump; Clinton ganó por más de 200 mil votos directos, pero perdió por los 279 votos electorales de Trump, pues ella solamente alcanzo 228 de los 270 necesarios para ganar la presidencia.

La hegemonía absoluta del poder del capital en los EU lo detentan ambos partidos burgueses: el republicano y el demócrata, casi como dos gotas de agua; es decir, idénticas. En esencia son lo mismo, representantes políticos de las grandes y poderosas corporaciones transnacionales. Como bien dice el analista Juan Eduardo Romero: “La estructura real de poder en los EEUU, no está representado por el Congreso, los partidos o el propio presidente. Está constituido por las grandes corporaciones mediáticas, el trust productor y todo el complejo militar. Esa estructura real de poder ve con preocupación cómo las políticas de Clinton-Obama han generado la posibilidad de una alianza entre Rusia y China, amenazando no sólo económicamente, sino militarmente la «supremacía» de EU. Amenaza su «destino manifiesto», que en términos filosóficos es firmemente formulada con la Doctrina Monroe en 1823 y complementada con los denominados Corolarios [Roosevelt, Platt, entre otros]”. En efecto, existe una verdadera crisis política en los EU resultado de una crisis económica que ha dañado a millones de estadunidenses, muchos de los cuales votaron por Trump. Haber elegido entre el “mal menor” [Hillary] y el mal mayor [Trump] es como elegir como quiere uno ser asesinado, si con balazos de pistola o de metralleta. Esta democracia imperialista de pacotilla neoliberal esta alejadísima del espíritu democrático de Abraham Lincoln.

El pueblo estadunidense, como el mexicano, requiere de dignos gobernantes emanados de sus propios trabajadores, en su mayoría inmigrantes, para poder levantar una nación hermanada con los demás pueblos del mundo.