Un terrorismo de Estado

Si imaginamos la economía palestina con base a las estadísticas recientes del Banco Mundial veríamos: primero, “un cartel de Visualizar Palestina con una imagen retocada con photoshop de Central Park inquietantemente desnudo de árboles. En medio de los rascacielos de Nueva York los bulldózeres han despojado al parque de sus árboles. Una nota explicativa revela que desde que empezó la ocupación en 1967 Israel ha arrancado 800.000 olivos pertenecientes a los palestinos, una cantidad suficiente para llenar 33 parques como Central Park… [Segundo], una foto de una diplomática francesa tirada en el suelo y mirando a unos soldados israelíes que la rodean y apuntan con sus armas. Marion Castaing fue maltratada cuando junto con un grupo pequeño de diplomáticos intentó entregar ayuda de emergencia, incluidas tiendas de campaña, a agricultores palestinos cuyas casas acababan de ser arrasadas. Estas demoliciones formaban parte de una campaña israelí en marcha desde hace mucho tiempo para expulsar a los palestinos del valle del Jordán, el centro agrícola de un futuro Estado palestino.” [Jonathan Cook, The Palestine Chronicle, 28/10/2013].

Israel está aniquilando gradualmente las bases sobre las que los palestinos pueden construir una vida económica y un Estado viable. El gobierno israelí combina una guerra económica de alta intensidad con una guerra militar contra el pueblo palestino. Si Israel no está confinada política y comercialmente como lo estuvo Sudáfrica por su apartheid, es por su posición geopolítica y militar estratégica: es el policía militar de los Estados Unidos en el Medio Oriente.

Cartas públicas de intelectuales reconocidos mundialmente apoyando a las víctimas de la agresión sionista y criticando radicalmente al gobierno israelí las conocemos desde hace muchos años; por ejemplo, en agosto de 2006: “El asalto israelí sobre Líbano, respaldado por Estados Unidos, ha dejado a ese país estupefacto, en llamas e iracundo. La matanza en Qana y la pérdida de vidas no fue sólo ‘desproporcionada’. De acuerdo con las leyes internacionales existentes, se trató de un crimen de guerra. La deliberada y sistemática destrucción de la infraestructura social de Líbano por parte de la fuerza aérea israelí es también un crimen de guerra, diseñado para reducir al país hasta convertirlo en un protectorado de Israel y de Estados Unidos.” Esta declaración fue firmada, entre otros, por Tariq Ali, John Berger, Noam Chomsky, Eduardo Galeano, Ken Loach, Harold Pinter, Arundhati Roy y Howard Zinn.

Ese mismo año la sede diplomática de Israel en México acusó a intelectuales, políticos y empresarios mexicanos de terroristas por “estar en contra de las acciones militares de Israel en Líbano, exigir a la ONU que intervenga para lograr un inmediato cese al fuego y pedir detener la incursión castrense en territorio libanés”. El entonces embajador de Israel en México, David Dadonn, abrió fuego: “Yo les acuso de apoyar indirectamente al terrorismo islámico, porque para Hezbollah ese texto es un aliento para seguir atacando a Israel”. Calificó como terroristas a Carlos Monsiváis; Elena Poniatowska; Jesusa Rodríguez; Sergio Pitol; Astrid Hadad, Demián, Bruno y Odiseo Bichir; José Emilio Pacheco; Carlos Pellicer; Ana Colchero; Ángeles Mastretta; Carmen Boullosa; Marta Lamas; Cristina Pacheco, entre otros. El poeta David Huerta afirmó: “Me parece un exceso y un abuso su interpretación de nuestro desplegado. De ninguna manera aprobamos el antisemitismo, reprobamos la acción militar en términos de civilización y de legalidad internacional”.

Debemos decir claramente que este tipo de declaraciones no tienen nada que ver con una posición antijudía sino contra la política sionista genocida de Israel, que son dos cosas totalmente distintas. El espíritu que anima a estos intelectuales extranjeros y locales no es ninguna actitud antisemita, es el caso de la reciente carta de intelectuales mexicanos, no todos de origen judío, que piden un equilibrio de participación entre israelíes y palestinos en la próxima Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Pero ¿qué hay detrás de Israel en la FIL?

Debe quedar claro que hay judíos derechistas y judíos izquierdistas, y quienes dominan el Estado israelí son los primeros. La política de derecha o de ultraderecha es hegemónica en el gobierno desde su nacimiento. El extremismo de derecha o el fundamentalismo judío sionista es, contradictoriamente, racista, militarista y expansionista, acorde a los regímenes fascistas ¿Cuál fue la decisión que permitió que un territorio ya ocupado por siglos por el pueblo palestino fuera ocupado a partir del inicio del siglo XX por los judíos? Una decisión del imperio británico después avalada por los yanquis e incluso por Stalin, pues la URSS fue el primer país que reconoció a Israel diplomáticamente. Nadie puede negar que el sionismo condujo en Palestina una política descarada, militarmente fundamentada, de despojo de un pueblo ante los ojos estupefactos del mundo entero. Es muy recomendable ver la excelente película sobre la intelectual judía Hannah Arendt [1906–1976]. Filósofa, ensayista y periodista de origen alemán, exiliada en los Estados Unidos, es enviada a Jerusalén en los años 60 por The New Yorker a cubrir el juicio del criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, quien es juzgado y condenado a muerte. Escribe un libro titulado Eichmannen Jerusalén, con el subtítulo “Un informe sobre la banalidad del mal”, el cual provoca inmediatamente un rechazo feroz de los judíos sionistas. Entre quienes nunca apoyaron al fascismo sionismo estaban ella misma y Albert Einstein.

Nuestro admirado Jorge Luis Borges hubiera escrito, sin duda, un capítulo sobre el terrorismo judío, o la Mossad en Guatemala, actualizando su extraordinario libro Historia Universal de la Infamia.