"El luto humano"


A las madres y padres de todos

 los desaparecidos

Es una novela magistral de José Revueltas [1914–1976], publicada en 1943, de quien el próximo 20 de noviembre se conmemora el centenario de su natalicio. Fecha en la que también habrá un paro nacional por los funestos acontecimientos de Iguala, Guerrero: ¡Todos somos Ayotzinapa! ¡Fue el Estado! ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!, ¡Ya basta! ¡Que se vayan todos!, serán algunos clamores de cientos de miles de mexicanos. 

Qué mejor rememoración de Revueltas que un homenaje con una magna movilización popular de una digna lucha de resistencia por la paz, contra la violencia del Estado, del poder y del dinero, por la justicia, por la democracia, por la igualdad; por aquellos ideales por los que luchó toda su vida ¿Qué no escribiría Revueltas hoy día tal y como está la situación del país? Pero elluto humano que llevamos muchos mexicanos cala muy hondo, envuelve a familias enteras sufrientes por la desaparición o muerte de hijos, hermanos y padres; de niñas, jovencitas y madres. Pero las semillas de nuestros jóvenes mártires germinarán para crecer como árboles robustos y frondosos de un nuevo México. Revueltas conoció la infamia del Estado mexicano despótico en 1968; el de un México con Democracia bárbara, cruel y sanguinaria; padeció la cárcel de un gobierno priista canalla muy violento, genocida y represor en esos años y que hoy, en restauración, resurge cual larga sombra siniestra de un pasado histórico ominoso que “oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Sin duda, nuestro José estaría en las revueltas codo a codo con la juventud en pie de lucha hoy. Era lo suyo. 

Hay decenas de preguntas de antes y después del “informe” de Jesús Murillo Karam, procurador general de la República; van algunas: ¿Cuáles son las causas principales de la extrema violencia social imperante en México? ¿Tlatlaya y Ayotzinapa son crímenes de Estado? ¿Por qué existe tanta impunidad y casi nula aplicación de las leyes? ¿Por qué tanta corrupción, especialmente en las altas esferas del poder político? ¿Por qué existe tan elevada inseguridad pública en todo el país? ¿Por qué hay decenas de miles de desaparecidos? ¿Por qué existen tantos y poderosos cárteles de narcomafiosos? ¿Cómo explicar el contubernio entre autoridades gubernamentales de todos los niveles y las bandas del crimen organizado? ¿Por qué continúa desatada la violencia social pese a la presencia de las tropas militares en regiones bajo control de los cárteles de narcos? ¿Por qué están presos injustamente quienes han optado por defender su propia vida, la de sus familiares y la de sus conciudadanos? ¿Por qué están libres los capos más poderosos de los grandes cárteles del narco? ¿Por qué existen grandes territorios del país bajo estricto control por estos cárteles? ¿Por qué continúa habiendo violencia, crímenes e inseguridad no obstante la política gubernamental de combate a las drogas? ¿Por qué existe un creciente y floreciente tráfico y mercadeo de armamentos de todo calibre en el país? ¿Quiénes son sus principales beneficiarios? ¿Por qué pese a la crisis económica prevaleciente en México siguen enriqueciéndose muchos políticos de todos los rangos y partidos, y bastantes funcionarios públicos de todos los niveles de poder? ¿Por qué hemos permitido o tolerado los mexicanos que se llegue a esta situación aberrante y terrible? ¿Cómo frenar la actual violencia social y cuáles son las alternativas viables y deseables? ¿Es el Estado –el representante del poder y del dinero– quien debe ser responsable de las acciones contra la violencia o es el pueblo mexicano en el poder quien debe asumirlas? ¿Es necesario cambiar el actual modelo de desarrollo social, económico, político, cultural y educativo del país? ¿Qué hacer? Etcétera.

Tantas preguntas, tantas respuestas. Seguramente Murillo Karam, como responsable principal de investigar y perseguir los delitos del orden federal, podría darnos algunas respuestas, quizá no todas porque puede agotarse a las primeras: ¡Ya me cansé! Podría responder en su esfuerzo por dilucidarlas. Montaigne decía que “Nadie está libre de decir estupideces, lo grave es decirlas con énfasis”. Políticos, funcionarios gubernamentales, empresarios, intelectuales y hasta periodistas oficialistas u oficiosos, han venido diciendo tantas cosas fútiles sobre la situación del país que han banalizado la violencia –para evocar a Hanna Harendt–, han banalizado el mal, el crimen, haciéndolo ver como algo natural y consustancial a la vida misma. Tal parece que se trata de trivializar las cosas y hacerlas ver como si nada grave estuviese sucediendo realmente en nuestro país. Una pregunta más: ¿Hay salida en este callejón? ¿Hay salida al final del túnel? La posible respuesta depende de muchas circunstancias; pero hay quienes vemos la factibilidad de encontrar una alternativa, y la única posible reside en la lucha desde abajo por transformar desde la raíz las actuales estructuras sociales; empezando por las estructuras del poder colapsadas desde hace mucho tiempo por la ineptitud, el cinismo, la simulación, la corrupción y la impunidad: ¡Fuera Peña! Pero ¿Y después qué?

Se trata de construir una democracia radical sustentada en el poder del pueblo trabajador del campo y la ciudad. Iniciemos por una Asamblea constituyente, pero eso requiere organización. Nuestro querido Revueltas –el subversivo, el militante radical– decía que es necesario construir una conciencia colectiva organizada; una conciencia crítica cuya fuerza social material se constituya políticamente en el instrumento del imprescindible y urgente cambio social.