De exorcismos y conjuros…

Mi solidaridad con Roberto Castelán

 

Mi admirado Umberto Eco, quien apoyó la lucha digna por los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, escribió un extraordinario libro intitulado Cinco escritos morales [1998]. En uno de los capítulos –“Cuando entra en escena el otro”– reproduce una carta al cardenal Martini; epistolario, a su vez, reunido en un librito: ¿En qué creen los que no creen? [1997]. Eco responde a una pregunta hecha por el cardenal: “¿En qué basa la certeza y la imperatividad de su acción moral el que, para fundar los principios de una ética, no pretende acogerse a principios metafísicos o, de todas formas, a valores trascendentales y tampoco a imperativos categóricos universalmente válidos?”. Tal cuestión, a su vez, se podría formular casi igual a cualquiera de la alta burocracia eclesiástica, por ejemplo, al Papa. El diálogo epistolar honesto establecido entre Eco y el cardenal Martini es interesantísimo e intenso filosóficamente, aunque debo suponer que tal intercambio de ideas difícilmente podría haberse dado entre el escritor y el pontífice. El escritor italiano narra anécdotas interesantes como la siguiente. Dice Eco que un escritor amigo le dijo hace muchas décadas, alabando con entusiasmo las virtudes del entonces Papa Juan XXIII, con evidente intento paradójico: “Juan XXIII debe ser ateo. ¡Sólo uno que no cree en Dios puede querer tanto a sus semejantes”. “Como todas la paradojas –dice Eco–, también ésta contenía un germen de verdad…” . En cierta manera, a lo largo de este capítulo, Eco defiende lo que él considera la “ética laica”, cuestión que, con la reciente visita del Francisco I, está demostrado que la elite política gubernamental local no profesa ni practica, o si lo hace es bajo una total simulación farisaica, incluso cometiendo sacrilegio porque suponemos que hasta quienes comulgaron fervientemente nunca se confesaron en ningún momento. ¿Confesarían sus pecados mortales, veniales? Si fuese así, ¿Cuál sería la penitencia? Misterio divino. Por cierto, Francisco I propone 30 preguntas sobre la confesión. A la pregunta ¿por qué confesarse?, contesta: “¡porque somos pecadores!”. En la teología cristiana está muy claro lo que debe entenderse por pecado, de otra manera no tendría ningún sentido este acto de contrición espiritual. Pero dudo mucho que los políticos del poder se arrepientan de algo: “La moral es un árbol que da moras”, reza la sentencia cínica priista.

En marzo del año pasado el papa Francisco declaró: “Yo pienso que a México el diablo lo castiga con mucha bronca por esto (aparición de la Virgen de Guadalupe). Creo que el diablo no le perdona a México que ella haya mostrado ahí a su hijo… México es privilegiado en el martirio por haber reconocido, defendido, a su madre”. Abundó, en México se puede encontrar a católicos y no católicos, incluso ateos, pero todos son guadalupanos. “Se sienten hijos de la que trajo al salvador, destruyó al demonio, yo creo que el diablo le pasó la boleta histórica a México, y por eso todas estas cosas, siempre han aparecido focos de conflictos graves”. Sobre la situación de violencia y el caso de los estudiantes desaparecidos en septiembre en México, Francisco dijo que no todo es culpa del gobierno, ya que responsabilizar a un solo sector de los males del país es “infantil”, pues todos deben poner de su parte para salir adelante. En aquel momento, el Papa absolvió al gobierno de Peña Nieto, y lo volvió hacer durante esta visita.

Nuestro divino Dante en estos tiempos hubiese creado en su Comedia más de nueve círculos infernales para tantos políticos expiando tantas y tantas tropelías y crímenes lesa humanidad. Por qué Francisco I a sabiendas de que en México los demonios andan sueltos y encarnizándose principalmente con el pueblo humilde creyente no hizo ningún intento de exorcizarlo. En Palacio Nacional o el Zócalo de la Ciudad de México hubiera sido quizá el momento y el lugar propicio para tal exorcismo ¿Para qué dejar al pobre y lastimado México a merced de sus demonios neoliberales que tanto martirio le ocasionan? ¿Inconsecuencias de una ética eclesiástica para no afectar el amasiato entre el Vaticano y Los Pinos? Esta interpretación demoniaca e infantilista a nuestras desgracias sociales se podría ubicar en tiempos feudales oscurantistas, como los de El nombre de la rosa.

“Satanás, s. Uno de los lamentables errores del Creador”, escribe Ambrose Bierce en su Diccionario del diablo. Pero veamos lo que nos dice nuestro admirado Eduardo Galeano en su libro Espejos. Una historia casi universal [2008]: “Fundación del Infierno. La Iglesia Católica inventó el Infierno y también inventó al Diablo. El Antiguo Testamento no mencionaba esa parrilla perpetua, ni aparecía en sus páginas este monstruo que huele a azufre, usa tridente y tiene cuernos y rabo, garras y pezuñas, patas de chivo y alas de dragón. Pero la Iglesia se preguntó: ¿Qué será de la recompensa sin el castigo? ¿Qué será de la obediencia sin el miedo? Y se preguntó: ¿Qué será de Dios sin el Diablo? ¿Qué será del Bien sin el Mal? Y la Iglesia comprobó que la amenaza del Infierno es más eficaz que la promesa del Cielo, y desde entonces sus doctores y santos padres nos aterrorizan anunciándonos el suplicio del fuego en los abismos donde reina el Maligno. En el año 2007, el papa Benedicto XVI lo confirmó: —Hay Infierno. Y es eterno.” En México, lo vivimos… con la bendición papal. Pobre México, tan lejos de Dios y con el chamuco dentro…