Los dueños de México

El poder y el dinero han hecho de este país un auténtico infierno neoliberal donde las atrocidades están a la orden del día. La dictadura perfecta es… la dictadura del empresariado. El PRI ha impuesto una dictadura perfecta a lo largo de siete décadas representando los intereses del propio poder político corporativo–burocrático y también los de los grandes empresarios. La gravísima situación nacional obedece al poder dominante de una oligarquía capitalista criolla y extranjera, y a este poder fáctico no le preocupan demasiado los terribles problemas sociales engendrados por una profunda crisis política y económica que da lugar a una hiperviolencia que ahoga en un mar de sangre a la nación. Lo que en verdad le preocupa es como seguir acumulando fortuna con ganancias extraordinarias dinerarias a costa de una intensa explotación del dócil, hasta ahora, pueblo trabajador del campo y la ciudad y la destrucción y saqueo de la naturaleza; para eso sirven las políticas neoliberales. El capitalismo salvaje debe funcionar sin restricciones legales, causando miseria, violencia y muerte. El país se despeñó a un abismo insondable y no habrá futuro digno mientras tenga vigencia esta violenta economía casino sustentada en la impunidad de la profunda corrupción de las elites de poder. El uno por ciento de la población nacional pretende seguir manejando el país como propiedad suya: México S.A. “México for export”…

El Ejército debe regresar a los cuarteles y guardar distancia constitucional del poder empresarial. El jueves pasado afirmé que el Ejército mexicano está muy lejos del pueblo pero muy cerquita de la oligarquía. Esto se confirmó al día siguiente cuando el presidente de la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (Concanaco Servytur), Enrique Solana Sentíes, en la firma de un convenio entre el Consejo Coordinador Empresarial (CCE) y las secretarías de Marina y Defensa, afirmó: “por ningún motivo permitiremos que se metan en los cuarteles”, en referencia a los padres de los 43 normalistas desaparecidos en Iguala el 26 de septiembre. “Tengo mucha pena por lo que les pasó, pero no vamos a abrir todos los cuarteles del país porque quieren ver si están ahí o no los muchachos. Es meterse a las entrañas de la sociedad mexicana, la parte más íntima de nuestro ser, y dijimos que no aceptamos que se abran los cuarteles a nadie que no sea el Ejército” [http://is.gd/wwwkHg]. Esto ameritaría pocas o muchas sesiones sicoanalíticas para entender qué quiso decir con los cuarteles y la intimidad de su ser. Al margen de tales revelaciones por el subconsciente del empresario, dicho convenio fue firmado, en privado, con pompa y honor en el Club de Industriales, en Polanco. Este tipo de reuniones de los altos mandos castrenses nunca se ha dado con dirigentes populares, sindicales, campesinos, indígenas o universitarios, a quienes según dicen representar políticamente. Igual que la elite eclesial con púrpura cardenalicia, nunca tienen reuniones, comidas o cenas con quienes consideran la chusma sino con la alta burguesía y la elite gobernante.

En la reciente Conferencia del Episcopado Mexicano [CEM] se consideró que en las posibles reformas constitucionales y legales que terminen en un Sistema Nacional Anticorrupción se debe revisar el fuero del que gozan algunos servidores públicos y que “puede hacer naufragar el sistema entero si es utilizado como escudo de impunidad… Sentimos gran preocupación por el presente y por el futuro de nuestro País, que, entre otras cosas, se ve aquejado, desde hace muchos años, por el grave mal de la corrupción, que favorece la impunidad y el enriquecimiento ilícito…” [MILENIO, 18/02/15]. De acuerdo, la corrupción no “es un asunto de orden cultural” como quiere justificarla Peña Nieto; pues lo cierto es que la corrupción rampante es de naturaleza cultural del poder y del dinero, implícita al mundo del capital. La CEM en su mensaje titulado “¡Alto a los Corruptos!”, hablando de lo divino y lo humano, nunca dio un mensaje espiritual solidario a los padres y madres de los estudiantes asesinados y desaparecidos de Ayotzinapa. Por supuesto, el poder terrenal de la Iglesia también forma parte de la “Santa Alianza” neoliberal [Pacto por México] entre el poder político –sus cuerpos represivos y fuerzas de seguridad–, los partidos sistémicos y la oligarquía. Están cerrando filas ante lo que irrumpe como una rebelión democrática de los de abajo, las masas plebeyas. Patético el nuevo cardenal Alberto Suárez Inda al repetir las palabras infundadas del secretario de Marina, almirante Vidal Francisco Soberón Sanz, asegurando que: “hay una cierta manipulación… de los padres de familia para provocar insurrecciones”. Eso sí, la derecha eclesiástica –la Iglesia de los ricos– guarda silencio de su propia y profunda corrupción y tampoco habla nada de condenar el grave problema de la pederastia, cual tabú o herejía. Una jerarquía privilegiada que no tiene nada que ver con la izquierda eclesiástica –la Iglesia de los pobres– preocupada por su feligresía menesterosa y participando de las alternativas democráticas nacionales.

La dictadura del empresariado tiene sus buenos acólitos, incluidos a quienes podemos denominar “porros mediáticos”, voceros oficialistas u oficiosos, engranados en la corrupción. La Iglesia, su elite burocrática ultraconservadora, al igual que el Ejército, está muy distanciada del pueblo, del México profundo, de sus anhelos de paz, justicia y democracia, pero muy cerquita de los grandes y poderosos ricos empresarios quienes compran indulgencias plenarias para su salvación al paraíso neoliberal. El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones.