Protestas contra el bocón

A la memoria de Eugene Debs y Daniel de León, socialistas revolucionarios estadunidenses


Cuando Donald Trump era declarado el ganador del reciente proceso electoral presidencial en los Estados Unidos de América inmediatamente se realizaron protestas enérgicas en algunas ciudades importantes de ese país. Hayan votado a favor de Hillary Clinton o de haberse abstenido, las decenas de miles de manifestantes en contra de Trump tenían y tienen todo el derecho de hacerlo: lo consideran alguien indigno para representarlos políticamente a ellos y al pueblo estadounidense. Posiblemente sea la primera vez en la historia de ese país que tales hechos ocurren después de unas elecciones; lo que sí sabemos es que la historia de la lucha de clases en esta nación es una historia añeja y apasionante. Una de las grandes conquistas de la clase trabajadora [la jornada laboral de ocho horas], prevaleciente en todo el mundo, es producto de la historia de los Mártires de Chicago en mayo de1886. Años después, en 1894, el American Railway Unión [ARU], el primer sindicato industrial de los trabajadores ferroviarios, realizó una huelga histórica, más de 50 mil trabajadores, en la fábrica de la Compañía Pullman, en Illinois. En la historia social norteamericana en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX, las luchas obreras fueron de una gran intensidad. Eugene Victor Debs [1855-1926] fue uno de los principales promotores del movimiento obrero, lideró la formación del ARU y la Industrial Workers of the World (IWW) y del Partido Socialista de América [1901]. Debs se convirtió en muy poco tiempo en el líder más popular del socialismo y se presentó a la presidencia cinco veces consecutivas, y durante estas campañas recorrió el país en un tren llamado el Rojo. Estuvo largos años en prisión por su osadía clasista revolucionaria. El gran historiador Howard Zinn escribe en su extraordinario libro La otra historia de los Estados Unidos que “A comienzos del siglo XX, había escritores que hablaban  en favor del socialismo y que criticaban duramente el sistema capitalista. Y no eran oscuros panfletistas, sino que se encontraban entre las más famosas figuras literarias americanas: Upton Sinclair, Jack London, Theodore Dreiser y Frank Norris”.

La década de los treinta es considerada un periodo de ascenso del sindicalismo; en plena época de la depresión económica, los gremios de los trabajadores industriales obtuvieron reivindicaciones importantes. Para entonces, el poderío económico, político y militar de los EUA era visible mundialmente, consolidándose en la posguerra; ni la Guerra Fría ni la “caliente” en Vietnam lograron disminuir su potencia imperialista; sin embargo, a partir de los años finales del siglo pasado y, especialmente a inicios del presente siglo, la profunda crisis económica local y mundial [2007-2008] empezaron a mostrar signos de una creciente decadencia económica. El neoliberalismo inició con Ronald Reagan, un mediocre actor hollywoodense, quien hizo su mejor papel de actor como presidente de un país que ya mostraba un declive debido a un lento proceso de desindustrialización. Pero de Reagan a Trump la diferencia consiste en que el primero encarnó una sociedad del espectáculo político y los poderosos intereses del complejo industrial-militar y feroz antisindicalismo, y el segundo encarna la del histrionismo del mundo del espectáculo empresarial; Trump es una especie de Silvio Berlusconi a la estadounidense, con todos sus escándalos habidos y por haber. Trump –admirador de Benito Mussolini [1883-1945], el dictador fascista italiano– es una verdadera mescolanza que va del fascismo, pasando por el Ku Klux Klan, hasta un nacionalismo imperialista retrogrado. Por supuesto, Trump también es un remedo amplificado del bocón de Vicente Fox con sus estridencias estúpidas, quien sacó –con el apoyo de los votos ciudadanos– de Los Pinos al PRI, pero los volvió a meter, junto con Felipe Calderón. La explicación del fenómeno de derechización con Trump sólo puede encontrarse en el proceso que ha seguido el conflicto social y político en EUA. Trump representa fielmente una crisis política del orden burgués imperialista y su creciente decadencia.

De las grandes protestas sociales en Seattle antiglobalización hace 17 años, a las de Occupy Wall Street durante el 2011 –con sus protestas en 52 ciudades, entre ellas Boston, San Francisco, Los Ángeles, Portland y Chicago–, a las actuales contra el magnate presidente electo Trump, representan un profundo malestar político de vastos sectores populares contra el poder omnímodo de las grandes empresas capitalistas y las evasiones fiscales sistemáticas del uno por ciento más rico de la población, que se hace más rico. Es una población que está harta del añejo binomio partidista oligárquico que ha convertido al país en una sombra patética del llamado estado de bienestar. La pobreza de millones de estadounidenses –pobreza relativa porque esos pobres lo están en relación a la enorme masa de riqueza social del país– sigue creciendo, y la consigna de campaña de Trump de “volver hacer grande a América” es demagógica, propia de un charlatán empresario. Nada bueno le deparó al mundo la presidencia de Barak Obama, tampoco lo será la de Trump. El filósofo estadunidense Aaron James se pregunta de Trump: “¿Qué clase de imbécil es, y cuan peligrosas son su bufonería y majadería? Responder a estas preguntas es hoy un problema metafísico de primer orden y una urgencia existencial no sólo para los Estados Unidos, sino para el mundo entero”.