De dinastías y obnubilaciones

En memoria del periodista
Manuel Buendía, asesinado
el 30 de mayo de 1984

El pasado jueves 15 la destacada periodista Carmen Aristegui recibió el premio “Corazón de León” de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU), de la Universidad de Guadalajara. Tal galardón se le entregó en el Paraninfo universitario repleto en su mayoría de estudiantes acarreados como suele hacerlo la FEU. Esta dizque federación estudiantil, como todos sabemos menos la periodista Aristegui, es un instrumento de control corporativo en manos del ex rector Raúl Padilla López, quien detenta–como es sabido por todos menos por esta periodista–un dominio caciquil fincado en una profunda corrupción.

Debemos estar de acuerdo totalmente con cualquier reconocimiento muy merecido a tan afamada periodista, pero nunca con este premio que es otorgado por una organización espuria, nada representativa de los intereses de los propios estudiantes. Según la FEU este premio se entrega a distinguidas personalidades por su trabajo en favor de la sociedad, conferido en este caso a Carmen Aristegui por la defensa de la libertad de expresión. También se le otorga por su reconocida labor por la información escrita y oral en diversos medios en contra de grupos de poder. Ella debería de saber, como periodista bien informada, que el ex rector encabeza un grupo de poder local que impide a toda costa cualquier asomo de participación democrática de la comunidad universitaria. Como cualquier otro premio, su calidad depende de quién lo da y quien lo recibe. En este caso el premio no enaltece a nadie por venir de quien viene; no es la propia FEU manipulada la que decide a quien entregarlo, pues carece de toda autonomía para actuar y pensar; el premio lo decide el ex rector mencionado. Al recibir el oprobioso galardón en su alocución Aristegui asevera: “La sociedad mexicana vive un déficit democrático porque no se toma en cuenta al ciudadano para que opine o participe en foros de discusión sobre las reformas aprobadas entre las cúpulas partidistas en el Congreso de la Unión”. Cierto, muy cierto; eso mismo sucede al interior de la UdeG, pero más que déficit democrático aquí se vive la carencia absoluta de democracia, pues todo lo decide, lo políticamente importante, el ex rector.

El premio “Corazón de León” lo han recibido personalidades que, en su mayoría, merecen todo nuestro respeto y admiración tales como Raúl Vera López por su trabajo en derechos humanos, Javier Sicilia por su lucha contra la violencia social, y Alejandro Solalinde por la defensa de los migrantes centroamericanos en viaje a Estados Unidos. A ninguno de ellos les podemos cuestionar nada su digna trayectoria, pero sí podemos cuestionarles el haber aceptado este premio deleznable cuyo propósito de fondo es legitimar un poder corporativo–autoritario promotor del neoliberalismo. Desde 1989, siendo rector, Raúl Padilla ha venido tejiendo una red clientelar con un numeroso grupo de intelectuales para dar una imagen benevolente. Muchos de ellos han formado o forman parte, “bien maiceados”, de su séquito cortesano cultural. Según una nota informativa, “al finalizar el evento (Aristegui) fue cuestionada sobre la influencia que tiene Raúl Padilla y su familia en la Universidad de Guadalajara. La comunicadora mencionó que es parte de una realidad contradictoria y que la influencia de la familia Padilla en la UdeG existe, pero también es cierto que la dinastía Padilla ha impulsado proyectos de trascendencia internacional como la Feria Internacional del Libro”. Muy cierto, nuestra realidad universitaria es totalmente contradictoria, pero no por ello tal realidad podemos justificarla y aceptarla de ninguna manera. Hace años el fallecido escritor y periodista Federico Campbell en una FIL declaró obnubiladamente que Raúl Padilla era “un cacique bueno”. Un verdadero dislate. Tal parece que esa percepción ha permeado profundamente en algunos intelectuales y periodistas como Aristegui. En tiempos modernos o posmodernos no existen los caciques buenos en ningún espacio social, mucho menos en el México bárbaro y en los recintos universitarios donde debe prevalecer la inteligencia crítica de la propia comunidad regida bajo un orden democrático. Ella debería saber, como buena periodista, que la FIL se maneja como negocio personal y de camarilla y no hay cuentas claras del presupuesto universitario y, además, no obstante su “trascendencia internacional” no sirve para nada académicamente a la universidad. En una institución pública como es la UdeG no debería haber ninguna dinastía, pues es signo ominoso para cualquier universidad que se respete a sí misma.

En uno de sus recientes artículos periodísticos Aristegui afirma con toda razón que: “Algunos periodistas y críticos en este país hemos sufrido, de un tiempo para acá, fabricaciones, montajes, falsificaciones, amenazas y orquestaciones que sólo pueden realizarse con la disposición de importantes recursos –públicos y/o privados– que les permiten sostenerse con gran libertad y por periodos prolongados”. Cierto, por ello, muchos ciudadanos nos hemos solidarizado con ella y otros más por tales atropellos perpetrados por grupos de poder y el gobierno mismo. Aristegui debería saber que la libertad de expresión está clausurada en los medios de comunicación de esta universidad pues ni la radio, ni la televisión, ni la prensa dan espacio a las voces críticas de la oposición democrática estudiantil y académica. Tal situación ha generado desde hace décadas la ausencia de un pensamiento crítico en los claustros universitarios. Ojalá algún día Carmen Aristegui ofrezca un espacio para dar voz a quienes luchan dignamente por la democratización de esta institución educativa.