“La democracia difícil”

Solamente desde una visión idealista, y en este sentido liberal –con el adjetivo burgués, con cierto pleonasmo–, se puede hablar metafísicamente de una democracia sin adjetivos. La democracia significa en griego el poder del pueblo. Pero la democracia helénica era una democracia esclavista, de la misma manera que la democracia en nuestra sociedad es una democracia burguesa o capitalista. Despojar a la democracia de su contenido de clase es un verdadero desatino. La democracia en abstracto es un concepto ajeno a toda concreción real. Cuando el historiador liberal Enrique Krauze nos habla de una democracia sin adjetivos está haciendo una verdadera abstracción carente de toda concreción histórica. Esta visión liberal burguesa tiene pues sus grandes límites analíticos no solamente de la historia misma sino también de la política misma.

En 1986, Krauze publica su libro Por una democracia sin adjetivos. En realidad, la aspiración de un ideal político para este autor sería: Por una democracia liberal, o lo que es lo mismo: Por una democracia burguesa sin adjetivos. En una reseña de este libro escrita por Héctor Aguilar Camín, éste decía que, según Krauze: “cualquier adjetivación de la democracia pospone y enturbia el cumplimiento elemental de su esencia y que la democracia requiere, más que parcelaciones y matices, la voluntad activa de ejercerla aquí y ahora, con las reglas vigentes en juego y algunas reformas en las actitudes mentales de la cúspide que hagan practicables y respetadas esas reglas. Habrá que convenir en la pertinencia de esa simplificación para el caso de un país como México, que se ha pasado el siglo haciendo reformas electorales sin haberse tomado el trabajo de contar los votos reales, y que ha tenido elecciones ininterrumpidas durante sesenta años sin haber sembrado en sus ciudadanos la creencia de que sus votos sirven para algo”. Cierto, algo absolutamente vigente.

Un artículo de Krauze publicado reciente en el diario El País [18/06/15]: “México: una democracia difícil”, nuestro ferviente liberal escribe lo siguiente: “Los ciudadanos, sobre todo los jóvenes, quieren buenos Gobiernos y los quieren hoy. El triunfo de Jaime Rodríguez El Bronco es el despertar del norte del país y una seria llamada de atención a los partidos cuya renovación política y moral es urgente… Por fin, buenas nuevas desde México. En los últimos meses hemos tenido demasiadas noticias terribles: asesinato de estudiantes, escándalos de corrupción, huelgas de maestros revolucionarios, aparición de nuevos cárteles de narcotráfico, choques sangrientos entre el Ejército y grupos del crimen organizado. Ante el desprestigio de los principales partidos (muchos de cuyos gobernantes han sido despilfarradores, ineptos y corruptos) y la desconfianza que —según ha admitido el propio presidente, Peña Nieto— rodea a su Administración, algunos pasaron de la repulsión a los políticos a la repulsión por la política, paso previo a la repulsión de la democracia. Hubo actos de sabotaje y llamadas a la abstención. De pronto, apareció su majestad el voto: el domingo 7 de junio, 39,8 millones de mexicanos acudieron a las urnas.” De pronto, nuestro historiador nos sorprende afirmando: “Pero en México la democracia está viva y coleando.” Para él –a pesar de la hiperviolencia social, los asesinatos de estudiantes, las desapariciones forzadas, la corrupción, los cárteles del narcotráfico, los despilfarros, la repulsión ciudadana de la democracia– la democracia está viva y coleando. La democracia se reduce entonces a lo meramente electoral. Es decir, no importa que esta democracia sin adjetivos coexista con una pobreza social extrema y con una profunda corrupción e impunidad ilimitadas.

Más aún, Krauze describe excelente los diversos mecanismos truculentos del poder, se entiende del poder priista, de su maquinaria electoral marrullera: “Tal vez si las jóvenes generaciones (donde más anida la justificada indignación contra los políticos) conocieran las bárbaras costumbres electorales de México en el siglo XX serían más optimistas. Entonces las elecciones eran básicamente un teatro diseñado y organizado por el propio Gobierno del PRI para asegurar el triunfo de sus candidatos a todos los puestos… Con el tiempo, el PRI desarrolló una verdadera tecnología para desvirtuar el sufragio: adulteración del padrón electoral, brigadas de voluntarios que votaban en varias casillas, robo de urnas o relleno de ellas con votos marcados previamente, instalación de casillas clandestinas, voto de personas inelegibles como niños, ancianos incapacitados (y hasta muertos), manipulación electrónica de resultados. Fuera de la inducción del voto (compra ilícita de buena voluntad, persuasión mediática ilegal o amenaza directa) casi todas estas prácticas han quedado en el olvido.” Krauze, cual gran Houdini, hace desaparecer por arte de magia todas las mañas de los fraudes electorales. Según él, vivimos en la mejor de las democracias posibles y todos los fraudes pequeños y mayúsculos del régimen oprobioso y su sistema electoral “han quedado en el olvido”, como si la historia de la dictadura perfecta se hubiese acabado desde algunas décadas. Para él, “la corrupción es ahora denunciada y repudiada gracias a las libertades democráticas”. Cierto, aunque denunciada y repudiada, pero toda la impunidad de la corrupción sigue muy vivita y coleando ¿O no es así?  Concluye Krauze: “… esa es la democracia. Tan distinta, por fortuna, a la fe abstracta en la revolución y la utopía”, afirma, en su conservadurismo liberal.

Por fortuna, todavía hay quienes repudian la situación terrible del país con sus luchas de resistencia al poder y al dinero. Por fortuna, existen quienes luchan abnegadamente, especialmente los jóvenes, y no con una fe abstracta, por la utopía revolucionaria.