Una cruzada neoliberal

Cada 17 de octubre desde el año de 1993 es el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. La Asamblea General de las Naciones Unidas emitió la resolución 47/196 en diciembre de 1992 con el propósito de promover mayor conciencia sobre las necesidades para erradicar la pobreza y la indigencia en todos los países, en particular en los “países en desarrollo”.

En México tenemos el “Combate a la pobreza” y el gobierno de Peña Nieto inventó la “Cruzada contra el Hambre”. Uno de los significados de la palabra cruzada es la lucha o serie de esfuerzos hechos con un fin elevado, pero su origen histórico representa la expedición militar dirigida contra los infieles; particularmente, las realizadas en los siglos XI a XIII para reconquistar los lugares santos. Así que podemos imaginarnos a Rosario Robles Berlanga –titular de la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), y presidenta de la Comisión Intersecretarial para la instrumentación de la Cruzada contra el Hambre– cual doncella y heroína militar, una especie de Juana de Arco con su armadura a galope tendido hacia la madre de todas la batallas contra los infieles, o sea los pobres, para reconquistar los santos lugares para el gobierno de Enrique Peña Nieto. Una buena acción samaritana para su beatificación política, la de ambos, por trayectoria comprometida con la equidad y la justicia social. “El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”.

Según la resolución 51/178 de la Asamblea General de las Naciones Unidas: “Erradicar la pobreza es un imperativo ético, social, político y económico de la humanidad”. Loable propósito, pero el problema es que el aumento de la pobreza social es una de las tendencias más visibles en el mundo. Empero, según el Banco Mundial ha ido disminuyendo en los últimos años gracias a la liberalización del comercio internacional. Así las cosas, todo depende entonces de los criterios de medición de la pobreza; no obstante, de lo que sí estamos seguros es de que el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), dentro de sus principales objetivos reales no está el solucionar este mal social. La pobreza y la desigualdad social a partir del llamado Consenso de Washington –un listado de políticas económicas neoliberales aplicadas a inicios de los años 90 por los organismos financieros internacionales y centros económicos, con sede en Washington– han venido creciendo lenta o aceleradamente dependiendo del país en cuestión.

El Consenso de Washington, al cual se ha disciplinado servilmente el gobierno mexicano, tiene como base las siguientes medidas políticas: Disciplina presupuestaria; reordenamiento de las prioridades del gasto público de áreas como subsidios; reforma impositiva; liberalización financiera, especialmente de los tipos de interés; un tipo de cambio de la moneda competitivo; liberalización del comercio internacional; eliminación de las barreras a las inversiones extranjeras directas; privatización (venta de las empresas públicas y de los monopolios estatales); desregulación de los mercados; protección de la propiedad privada. Estas políticas tienen efectos perversos sobre gran parte de la población trabajadora, pero pretenden aparentar que sus objetivos benefician a la población en general impulsando el crecimiento económico, el cual según su doctrina, es equivalente a desarrollo social, cuando en los hechos prácticos son dos cosas muy distintas.

Más de mil millones de seres humanos en el mundo viven con menos de un dólar por día. 2.800 millones de personas, es decir, cerca de la mitad de la población mundial, viven con menos de 2 dólares por día. De acuerdo con las Naciones Unidas estamos en el Segundo Decenio para la Erradicación de la Pobreza (2008 -2017), y “el número de personas que viven en la pobreza es más elevado que lo estimado anteriormente, y que las actuales crisis financiera y de inseguridad alimentaria, así como la imprevisibilidad de los precios de la energía, pueden entrañar riesgos considerables para el logro de los objetivos de desarrollo convenidos internacionalmente…” La pobreza –dice la ONU– es una situación o forma de vida que surge como producto de la imposibilidad de acceso o carencia de los recursos para satisfacer las necesidades físicas y psíquicas básicas humanas que inciden en un desgaste del nivel y calidad de vida de las personas, tales como la alimentación, la vivienda, la educación, la asistencia sanitaria o el acceso al agua potable. También se suelen considerar la falta de medios para poder acceder a tales recursos, como el desempleo, la falta de ingresos o un nivel bajo de los mismos. También puede ser el resultado de procesos de exclusión social, segregación social o marginación. En muchos países del tercer mundo la situación de pobreza se presenta cuando no es posible cubrir las necesidades incluidas en la canasta básica de alimentos.

Lo anterior es un descripción absolutamente cierta, pero el problema es que no dice la causa fundamental del pauperismo social. No es políticamente correcto hablar del capitalismo como origen de todos los males sociales, por lo que mientras tanto no se comprenda la raíz del problema que azota a gran parte de la humanidad será imposible encontrar su solución. Más aún, los grandes organismos financieros internacionales saben perfectamente que sus políticas económicas depredadoras engendran y reproducen la pobreza o la miseria, y sus declaraciones son totalmente cínicas, al igual que las declaraciones de la alta burocracia gubernamental, cuyas políticas neoliberales [revestidas de reformas estructurales], con todas sus cruzadas habidas y por haber, profundizan la pobreza social en las ciudades y en el campo.