Los corifeos del poder

Prefiero votar por algo que quiero

 y perder,

que votar por algo que no quiero

y ganar…

Eugene Debs

Fue todo un éxito el proceso electoral según Miguel Osorio Chong, Secretario de Gobernación, quien sentenció alegremente que estos comicios son la constatación de “un México altamente democrático” ¿Qué tal si viviéramos una pseudodemocracia? Vivir en Peñalandia con sus casitas blancas es vivir en un mundo maravilloso con… su dictadura perfecta. “La democracia no es perfecta, pero es el mejor modelo”, según dicen los ideólogos burgueses como Anthony Downs, precursor de la teoría de la elección racional. Cómo si la capacidad selectiva del sufragio fuese necesariamente algo “racional” y no algo que presupone un interés político sin ningún racionalismo ¿Cómo si la emisión del voto no tuviera detrás de sí un interés de clase, un interés económico, político, o ningún interés de nada, absolutamente inconsciente de cualquier racionalidad posible de una voluntad subyugada por la enajenación, reforzada por la propaganda mediática sutil o burdamente manipuladora? Ya lo sentenciaba genialmente Francisco Goya: “el sueño de la razón produce monstruos”. La apología de la democracia burguesa es infinita; como decía Winston Churchill: “La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás”. Luego entonces: ¿Para qué buscar otro sistema político si éste es el menos malo de todos y debemos conformarnos… a fuerzas?  Pero la verdad en este juego perverso es como afirma lacónico Ambrose Bierce, en su Diccionario del Diablo: “El elector goza del sagrado privilegio de votar por un candidato que eligieron otros.”

Del fetichismo de la mercancía al fetichismo electoral. Si el Estado es el fetiche político supremo –cuando se ignora u oculta su contenido de clase–, el voto también vendría a ser un fetiche al cual se le confiere poderes mágicos para resolver problemas de todo orden; un fetiche al que le damos aliento vital durante los comicios para que por sí mismo nos haga alcanzar nuestros anhelos materiales y espirituales. El Estado concebido como el máximo poder social y político que debemos respetar y, en su caso, idolatrar cual becerro de oro bíblico o un Leviatán liberal; de manera que el voto vendría a ser una especie de unción milagrosa por su aurea de poder, y todo aquel que se aparte del ritual democrático debe ser visto como un hereje abstencionista y –si fuera posible, Auto de Fe mediante– llevado a la hoguera inquisitorial del Santo Oficio, trasmutado en el Instituto Nacional Electoral [INE] con sus sacerdotes supremos. Hay que legitimar el actual estado de cosas, incluido el Estado canalla.

La mayoría de los “doctos” en cuestiones políticas y electorales afirman que estos comicios –a pesar de los rijosos y vándalos de siempre, la ruindad política de la chusma alterando la paz social– fueron un ejemplo de civilidad democrática. Por supuesto, muchos de estos honorables especialistas en sesudas teorías políticas, corifeos de toda laya, nos ofrecen grandes lecciones de la gobernanza –un término muy elegante– y tratan de convencernos de que casi todo marcha bien; no se atreven a decir que todo va muy bien, por pudor intelectual. Eso sí, nuestros sabihondos académicos universitarios, se desgarran las vestiduras con sus panegíricos al régimen en turno –si acaso perciben algunas “pequeñas” fallas del sistema–, pero nunca, nunca, se cuestionan la antidemocracia, el autoritarismo, la corrupción, la simulación, la impunidad, dentro de las instituciones en las que laboran, por ejemplo, la Universidad de Guadalajara. Hacia fuera exigen democracia plena y son unos adalides. Afuera de la institución tienen un ojo clínico extraordinario para diagnosticar todo tipo de males, pero adentro tienen una profunda miopía para ver lo que casi todo mundo ve, incapacitándolos prácticamente siquiera para verter una pequeña opinión crítica. Dentro de la comarca del cacique todo está tranquilo, y acorde a los preceptos filosóficos positivistas solamente les falta decir en su conservadurismo que en el país y en los recintos universitarios hay “Orden y progreso”, ¡faltaba más! Nuestros profundos beneméritos pensadores del benemérito cacicazgo, por supuesto, jamás se atreverán siquiera a tocar con el pétalo de una rosa al mandamás; no sea que desaten la ira terrible del cacique y queden fuera del círculo de los afortunados y privilegiados funcionarios desde el nivel elemental de las jefaturas departamentales hasta el petitcomité ¡Claro, la Universidad –con mayúscula benemérita– es ejemplo de institución democrática!

¡Dos descalabros, dos! Para quienes el equipo de los Leones Negros es el principio identitario de la comunidad universitaria, con el descenso de esta empresa futbolística tal frivolidad quedó reducida a una quimera. El segundo fracaso fue la apuesta en el mercado accionario electoral local de aquellos candidatos [PRI y PRD] representativos del poder caciquil al perder estrepitosamente en los comicios recientes. La franquicia local perredista se redujo a su mínima expresión política y dineraria ¿Quedó debilitado el poder caciquil? Hacia afuera sí, pero incólume dentro de su reino, de donde surge y se mantiene el poder real existente pero absolutamente carente de legitimidad. De tal situación no dan cuenta para nada nuestros intelectuales mediáticos ni de las truculencias estadísticas a favor del PRI por la camarilla en el poder. No es con votos como se derrumbará este funesto poder clientelar y corporativo sino con la acción materializada en movimiento de la conciencia democrática de amplios sectores de la comunidad universitaria y el apoyo ciudadano.