Ni confianza, ni credibilidad, ni legitimidad

La ciudad vivía con el aliento cortado.

El aire estaba envenenado por la

desconfianza

Eduardo Galeano

La dominación de una clase sobre otra ha tenido diversas formas históricas y en el caso de la dominación burguesa sobre el proletariado también ha habido y hay. Según Max Weber la dominación es la capacidad de ciertos individuos y grupos de mantener la obediencia de otras partes de la sociedad. Pero la obediencia en una sociedad clasista –el sometimiento de las clases dominadas a la clase dominante– se ejerce con la coerción; la acción de reprimir por la fuerza. En tal sentido es la definición weberiana de que el Estado detenta el monopolio de la violencia legítima. Según Weber dicho monopolio debe producirse mediante un proceso de legitimación para ejercer la violencia coercitiva. Cierto es que la violencia en estricto sentido, descarnada, es violencia física, a diferencia de otras formas de violencia como la simbólica, verbal, sicológica, etcétera. Este monopolio se ejerce a través de los aparatos represivos: Ejército, Policía, tribunales, etcétera. Weber, en su monumental obra Economía y sociedad, cuando habla de “El estado racional como asociación de dominio institucional con el monopolio del poder legítimo”, dice lo siguiente: “…sociológicamente el Estado moderno sólo puede definirse en última instancia a partir de un medio específico que, lo mismo a toda asociación política, le es propio, a saber: el de la coacción física. ‘Todo Estado se basa en la fuerza’, dijo en su día Trotsky en Brest-Litowsk. Y esto es efectivamente así”. Pero León Trotsky, a diferencia de Weber, le confería un contenido clasista al uso de tal fuerza. Sorprende que Max Weber como un notable pensador político burgués le de reconocimiento a un marxista revolucionario como Trotsky.  Weber en algunas de sus obras quiso tener un diálogo con el fantasma de Marx, dice Michael Lowy, “es decir, en cierto sentido, una refutación del materialismo histórico”. Weber [1864-1920], “durante toda su vida, fue fiel política e intelectualmente a su clase”, afirma Pierre Fougeyrollas. La concepción weberiana del Estado, en cuanto monopolio de la violencia, fue prácticamente retomada del texto clásico de Friedrich Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. A Weber solamente se le “olvidó” decir algo muy importante, dicho monopolio de la violencia por el Estado no se ejerce en abstracto –el Estado no es representativo de toda la sociedad–, esta violencia como coerción física se ejerce para proteger los intereses económicos y políticos de la clase dominante, la clase capitalista. Hablamos entonces del Estado burgués con sus diversas formas de dominación políticas sobre el proletariado y demás clases subalternas. El Estado tiene un contenido político de clase, y esto no lo podía decir Weber porque si no sería un discípulo de Marx y de Engels. Los fieles seguidores weberianos políticos, intelectuales y académicos [adocenados en sus torres de marfil en las universidades] pretenden ignorar a quienes beneficia realmente la represión del poder político.

Según Weber uno de los principios sobre los que sostiene la dominación del Estado moderno, el Estado “racional”, es el principio de la legitimidad. Sin embargo, esto es una falacia porque hay formas en las que la dominación capitalista, el poder burgués, no requiere de ninguna legitimación por la sociedad. El fascismo o las dictaduras policiaco-militares, por ejemplo, no necesitan de ninguna legitimidad, se imponen por la fuerza a sangre y fuego, en muchas ocasiones con Golpes de Estado muy cruentos. En otras palabras, el “monopolio de la coacción física legítima” no necesariamente es legítimo. Cuando los hombres se someten a otros hombres a través de la autoridad, una relación de dominio, no tiene por qué haber “coacción legítima” ¿Qué es la legitimidad política? Una idea liberal nos dice que “un Estado es legítimo si existe un consenso entre los miembros de la comunidad política para aceptar la autoridad vigente… Si la legitimidad jurídica se refiere a la ley, la legitimidad política se refiere al ejercicio del poder. El poder político que es percibido como legítimo será mayoritariamente obedecido, mientras que el percibido como ilegítimo será desobedecido, salvo que se obtenga obediencia por medio de la violencia del Estado.” Más aún, la legitimidad de un poder político deriva de la prevalencia de un Estado de Derecho, de una Constitución [pacto social] proveniente de una conflictualidad social y sus vencedores políticos. Un régimen político formalmente democrático –pues el poder político real lo detenta el capital– es resultado de un proceso electoral legítimo, que no es el caso actual de nuestro país. Carecemos de una cultura democrática; tenemos, eso sí, una “democracia bárbara”, como decía el gran José Revueltas. El régimen político actual carece de toda legitimidad emanada de la voluntad ciudadana toda vez que es resultado de un proceso electoral fraudulento, antidemocrático. Los gobiernos de Salinas de Gortari y de Calderón Hinojosa carecieron de total legitimidad. El gobierno de Peña Nieto proviene de un sufragio amañado, de un mercado electoral, el del poder y el dinero [tarjetas Soriana y Money, etcétera]. La legitimidad la confiere la sociedad a la autoridad, y eso no ha sucedido. En México existe “incredulidad y desconfianza” [al gobierno], reconoció el presidente Enrique Peña Nieto en una entrevista en Londres; él empieza a entender que no entiende, pero no está haciendo nada de nada para revertir el hecho, al contrario, la corrupción e impunidad son monopolio estatal usando la violencia.