La ciudad del capital o la ciudad democrática

Edward Glaeser es profesor de economía de la Universidad de Harvard y autor del libro El triunfo de las ciudades [2011], en cuya portada leemos: “Cómo nuestra mejor creación nos hace más ricos, más ecológicos, más sanos y más felices”. Tal optimismo iluso, que puede provenir del autor de ideología liberal, corresponde a una visión color de rosa de la realidad urbana y no a una situación, en la mayoría de las grandes ciudades, envuelta en profundas contradicciones sociales y conflictos interclasistas.  Más de la mitad de la población mundial –alrededor de 7 mil 500 millones de personas– vive en ciudades, de la cual más de la población vive en ciudades “subdesarrolladas”. Las ciudades padecen grandes problemas persistentes como el cambio climático, la inequidad social, la inseguridad, la exclusión, la migración internacional y la vivienda precaria, según el World Cities Report 2016, Urbanization and Development: Emerging Futures, elaborado por ONU Habitat. El panorama es catastrófico. En tal perspectiva de concentración demográfica las ciudades han triunfado con relación a la ubicación territorial de la población mundial y a la concentración de los indicadores de producción económica de un proceso de industrialización y a la concentración de servicios comerciales, financieros, educativos, recreativos, turísticos y culturales.

Las ciudades existentes desde hace dos siglos, especialmente las grandes ciudades metropolitanas, son la expresión de la concentración y centralización de la acumulación de capital. Hablamos entonces del triunfo de las ciudades del capital, las creadas históricamente por la Revolución Industrial y el mercado mundial. El triunfo de las ciudades es el triunfo del capital. “El capital es la potencia económica, que lo domina todo, de la sociedad burguesa”, dice Marx. Las ciudades capitalistas son la mejor expresión del orden económico y político –sedes del poder– global actual y de todo lo que representa el desarrollo más complejo del capitalismo tardío. El capital ha creado la sociedad urbana más desarrollada y compleja de la historia de la humanidad. La civilización, que es muy antigua, por lo menos desde hace más de ocho milenios, es resultado de la creación de las ciudades; en las sociedades precapitalistas existieron grandes ciudades, como las ciudades-Estado o las ciudades imperiales como la Roma antigua, pero es con el modo de producción capitalista que se funda una verdadera sociedad urbana. Pero el progreso social del capital es profundamente contradictorio y violento; al tiempo es un progreso de la barbarie social. Las ciudades no escapan de ninguna manera a tal proceso de descomposición social, de la creciente deshumanización. La degradación social hoy día se manifiesta de mil formas y uno de sus efectos más apocalípticos es el calentamiento planetario que amenaza con la extinción de la humanidad entera. 

Actualmente se realiza en Quito el encuentro Hábitat III de la ONU. Los excelentes reportajes de Agustín del Castillo como enviado de MILENIO dan cuenta a sus lectores de las interesantes ponencias presentadas en la capital de Ecuador. Nos informa: “Guadalajara, [es] una ciudad en «construcción» como área metropolitana de nueve municipios, con fuertes polémicas en torno a los modos de la participación ciudadana en el proceso de planeación, y acerca de la calidad y pertinencia de sus instituciones metropolitanas y de sus planes y programas emanados recientemente para mejorar el uso del territorio y la subordinación efectiva de los intereses privados a los públicos”. Pero una cosa son los programas, planes y demás entelequias urbanísticas oficialistas y otra cosa muy distinta es la realidad de una subordinación de los intereses públicos a los privados donde la corrupción urbanística es la complicidad entre los poderes fácticos y formales. En esta ciudad, como en casi todas las del mundo, el capital inmobiliario y su especulación subordina el desarrollo metropolitano a sus intereses. Edward Glaeser en el libro mencionado aborda la dispersión urbana en ciudades estadounidenses, y es justamente en el reportaje de Del Castillo [MILENIO Jalisco18/10/2016] cuyo encabezado dice que “La dispersión urbana del Área Metropolitana de Guadalajara [AMG] aumentó la desigualdad”. La fragmentación periférica urbana tapatía es manifestación del caos metropolitano como materialización del caos en movimiento [Charles Baudelaire], resultado esencialmente de la dinámica del capital inmobiliario con sus desarrollos habitacionales y toda la irracionalidad que conlleva esta forma de urbanización metropolitana, cuyas autoridades municipales y estatales actúan más como promotores inmobiliarios y no como representantes políticos del bien común, del espacio público para beneficio de la mayoría de la población.

Un foro alternativo es organizado por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales [FLACSO], una de cuyas temáticas centrales es: “¿La ciudad que ellos quieren es la que nosotros queremos?”: ¡No! Ellos son quienes detentan el poder económico y político, y nosotros somos la mayoría de los ciudadanos. En Guadalajara, la oligarquía capitalista, y sus representantes gubernamentales, carece de proyecto de ciudad que no sea la de una ciudad económica competitiva en la globalización con todos y sus “clusters” o parques industriales con mano de obra superexplotada en las grandes maquiladoras, y sus megaproyectos faraónicos [Ciudad Creativa Digital]. La ciudad que ellos quieren es la ciudad del capital para el capital y la que nosotros queremos –me refiero al ciudadano común y corriente– es la ciudad para todos. Para esta última se requiere necesariamente de un cambio radical de régimen político con una Reforma Urbana Democrática: la ciudad para los ciudadanos, especialmente para la población trabajadora. El derecho a la ciudad, a la ciudad democrática, está la orden del día.