El circo de la política

En memoria de José Revueltas, en

su 38 aniversario luctuoso, el 14 de

abril.

O la política como circo. Como sea, pero la cuestión es que hoy día José Clemente Orozco tendría muchas referencias de nuestra realidad concreta para enriquecer más su mural Hidalgo, circo político y fuerzas tenebrosas, pintado en la escalera principal del Palacio de Gobierno a finales de los años treinta. Políticos vestidos como payasos o payasos políticos, lo mismo da. El histrionismo como arte de la política. El político como histrión haciendo un papel patético en campaña electoral ofreciendo a diestra y siniestra promesas grandilocuentes, a sabiendas de que nunca, pero nunca, las cumplirá. El político histrión dentro de una ópera bufa, donde lo grotesco es algo mil veces ensayado sin el más mínimo rubor ante una ciudadanía ingenua oyéndole miles de promesas, ilusionada en un mejor porvenir.

Alguien dijo: “Debería ser un delito hacer promesas que no se pueden cumplir”. Cierto, cuando menos debería ser así para aquellos políticos que hacen del timo un verdadero arte, un modus vivendi sin escozor alguno. Siendo estrictos con esta consigna, muchos políticos deberían estar en la cárcel porque son un peligro para la sociedad. Es increíble que a estas alturas del pensamiento filosófico o de la filosofía política no exista un libro dedicado al cinismo, entendido esto último en su sentido ético-moral. Aplicado a la persona que comete actos vergonzosos, particularmente mentir, sin ocultarse y sin sentir vergüenza por ellos. Desvergonzado, impúdico, sinvergüenza. La desfachatez política sin límites. Lo que quiero decir es que hoy día es imposible explicar la política dominante –la del poder dominante– sin incorporar el concepto del cinismo, del cinismo político. De ello hay miles de ejemplos.

Nuestro circo de la política dominante es una gran carpa con tres grandes pistas en las que actúan payasos, saltimbanquis, equilibristas, etcétera. Podemos percibir claramente los protagonismos de una oligarquía voraz representada por sus gobiernos en turno con políticas neoliberales de un verdadero capitalismo salvaje. Vemos a los patrones “nacionales” (empresarios, gobiernos federal y estatales, partidos burgueses, etcétera) y los explotadores imperialistas, en especial estadounidenses, de hecho bien implantados ya en suelo mexicano. El poder y el dinero. La política del poder en su manifestación caricaturesca; politiquería, al fin y al cabo. Un juego circense como espectáculo político, digno de un escenario fellinesco. Me parece ver la película del gran Federico Fellini: Los clowns (1970), pero en una forma grotesca, deshumanizada, carente de gracia, lo no lúdico.

Hoy la política nacional y local, para no mencionar la internacional, no es posible analizarla sin esta perspectiva. El juego del poder en su expresión más patética con mandatarios analfabetos funcionales. Una clase política pragmática; elites del poder en una degradación acorde a la profunda crisis sistémica: la barbarie civilizada.

Al igual que José Clemente, el otro José, nuestro admirado José Revueltas hoy tendría muchísima materia prima para ampliar y profundizar su libro México: una democracia bárbara (1958). Casi contemporáneos, con ciertas similitudes en su creación y temperamento artístico, aunque el segundo fue un militante marxista revolucionario. Pero retomando nuestro tema de la política circense, el hecho es que muchos políticos, por ejemplo, los del “nuevo PRI”, o el PRI “renovado”, “moderno”, “posmoderno”, en fin, piensan, es un decir, que la ciudadanía o el pueblo carece de memoria; hay mucho de verdad en tal consideración, pero también es cierto que hay ciudadanos y pueblo consciente al que no se le olvidan nunca las promesas, muchas de ellas pletóricas de enjundia retórica pero vacías en su contenido práctico. Cierto, la política como el arte de engañar, según Maquiavelo.

Todo lo anterior viene a mención porque, juzgue usted, estimado lector, cómo podríamos explicar, por ejemplo, lo que está sucediendo con la construcción de la presa de El Zapotillo, en la región de Los Altos de Jalisco. Hubo la promesa, casi juramentada, a los habitantes de Temacapulín, en el municipio de Cañadas de Obregón, de que su querido e histórico terruño y pueblo no sería inundado.

Este problema o conflicto, porque son ambos, son parte de una situación política y económica, incluida la ecosistémica, que se añade a una “ingobernabilidad” de la entidad plagada de contradicciones sociales y políticas de naturaleza diversa: problemas metropolitanos innumerables (transporte público caótico, contaminación ambiental gravísima, déficit de infraestructura, equipamientos colectivos y servicios públicos, desorden urbano, etcétera), desempleo y subempleo masivo, violencia social creciente, alcoholismo y drogadicción en aumento, crisis educativa, privatización de espacios públicos (universitarios), pobreza social incrementándose, corrupción en las bajas y altas esferas políticas; en suma, degradación social por doquier. Una entidad convertida, desde hace décadas en un verdadero paraíso laboral para los empresarios locales y extranjeros. La entidad, un verdadero desastre social.

Y cuando hablamos de corrupción política (incluida la llamada corrupción urbanística), también queremos decir aquella corrupción con base al incumplimiento patente y patético de promesas. Lo dicho: mucho “circo político” y muchas “fuerzas tenebrosas”. Por eso necesitamos muchas teas revolucionarias como la del magnificente Hidalgo orozquiano en el Palacio de Gobierno.