La catástrofe nacional

A la memoria de los Mártires de

Acteal

La masacre de Acteal –en Chiapas hace 16 años un 22 de diciembre, donde paramilitares del municipio de Chenalhó, del PRI y del partido Cardenista, creado y financiado por el Estado mexicano y formados y entrenados por el Ejército Federal; asesinaron a 45 hombres y mujeres y más 4 que aún no nacían– fue un presagio funesto de lo que viene ocurriendo hasta hoy día en México.

La impunidad de los poderosos sigue prevaleciendo ominosamente junto con la profunda corrupción en las altas esferas del poder político y económico. Un balance general del año por terminar resulta absolutamente catastrófico por cualquier lado que se quiera mirar. La Santa Alianza entre los grupos de poder nacional y extranjero, es decir el Pacto por México realizado por sus principales representantes políticos (PRI, PAN y PRD) –firmado el 2 de diciembre del año pasado–, ha llevado al país, a la mayoría de sus habitantes, a una situación gravísima en todos los terrenos económicos, políticos, cultural-educativos y sociales. El país se encuentra en caída libre, es un abismo sin fondo producto de las políticas neoliberales de un capitalismo salvaje, cuyos arquitectos principales son los partidos sistémicos y el gobierno federal encabezado por Enrique Peña Nieto. La oligarquía local y extranjera es la responsable principal de esta profunda crisis y de haber empujado a la nación al despeñadero.

Hace muchas décadas, cuando menos hace medio siglo, la burguesía mexicana dejó de ser nacionalista, dejó de tener principios nacionalistas, pasando al olvido de la historia política el llamado “nacionalismo revolucionario” abanderado por el PRI y sus seguidores “socialistas”. Hoy es simplemente retórica populista. La oligarquía nacional pasó a ser socia, subordinada, de las grandes intereses capitalistas foráneos, por eso es difícil aceptar que sus representantes políticos sean tildados de traidores a la patria. El capital, en tanto fuerza social, potencia económica absoluta, lo sabemos muy bien, no tiene patria, ni madre ni bandera. La burguesía mexicana hace buen rato que está muy estrechamente ligada con los intereses imperialistas, especialmente a partir del ascenso de la llamada globalización económica, o lo que es lo mismo la mundialización del capitalismo neoliberal.

La mayoría de los políticos, por no decir todos ellos o casi todos, no son traidores a la patria por la sencilla razón de que nunca han sido verdaderos representantes y portavoces de los intereses de la nación, es decir, del pueblo mexicano. Los verdaderos intereses que portan son los de los grandes capitales locales y extranjeros; por eso no podemos ni debemos calificarlos de traidores ¿Traidores a qué? ¿Al pueblo trabajador del campo y la ciudad? Acaso los “diputampones” o “diputeibol” del Congreso local, convertido en un auténtico antro de perversión política, representan los intereses y aspiraciones del noble pueblo jalisciense. Por eso no los podemos calificar de traidores, que no lo son, sino de agentes leales de los poderosos intereses mafiosos del capital local y foráneo. La aprobación reciente de la reforma energética por el Congreso de la Unión y del Congreso local no sino una consecuencia lógica de una legalización formal del saqueo del patrimonio nacional petrolero para favorecer a las grandes compañías extranjeras asociadas a los capitales locales. Estos políticos son pérfidos no por traidores, que no lo son, sino por su falsedad retórica de que con esta reforma, al igual que las otras que han aprobado, vendrá mágicamente una etapa de bienestar económico para el país entero. Nunca antes en tan poco tiempo habíamos escuchado una mentira tan grande y flagrante como esta.

Por el momento dejemos de lado la cuestión de que, como vimos aquí con el acto represivo gubernamental contra los manifestantes antirreforma energética, para poder llevar a cabo toda la política neoliberal tratan de criminalizar la protesta social legítima. Si alguien ha impulsado la violencia social en este país es la propia oligarquía y su gobierno, y ahora quieren aparecer como los aladides pacifistas. La consecución del proyecto neoliberal actual requiere de la aplicación de una violencia estatal para poder imponer sus intereses dominantes. El neoliberalismo es violento en extremo y eso se oculta por sus portavoces oficiales y oficiosos.

La verdadera tragedia del pueblo mexicano, además de los graves males sociales que adolece, es la ausencia de una organización política representativa de sus propios intereses de clase. No son ni serán los PRD ni los PRD bis, como Morena, con sus caudillos populistas, los que propongan una alternativa democrática anticapitalista y antiimperialista para beneficio del pueblo trabajador mexicano. Seguimos padeciendo el problema de un proletariado sin cabeza. La oligarquía ha podido imponer su proyecto clasista hegemónico con base a la extrema debilidad de la fuerza política de los de abajo, de la masa plebeya del México profundo. Ante el pesimismo de una realidad funesta es necesario el optimismo de la voluntad transformadora, cuya conciencia rebelde se convierta en una verdadera fuerza material.

Una posición clasista no puede soslayar el protagonismo de los trabajadores de la industria energética que los coloca en la posición clave de los potenciales administradores y autogestores de la misma. La defensa de los sectores estratégicos que lo siguen siendo, como el petrolero, a pesar del discurso oficialista, ciertamente le corresponde al pueblo trabajador mexicano, pero especialmente a los trabajadores petroleros –como es el caso del compañero Jesús Ángel Plascencia Ramos, luchador social, reprimido en la manifestación contra la privatización energética afueras del Congreso local– quienes deben enarbolar la consigna de la renacionalización y autogestión obrera de Pemex.