Terrorismo y crisis civilizatoria

Los recientes hechos terroristas en Bruselas son un ejemplo de la profunda barbarie social que la humanidad viene arrastrando desde hace décadas, resultado de un dilatado proceso histórico complejo por sus múltiples contradicciones y conflictos sociales locales y mundiales. La capacidad de autodestructividad humana no tiene límite alguno dentro de lo que podemos considerar el capitalismo tardío, en su sentido teórico–analítico desarrollado por Ernest Mandel [1923–1995]. El desarrollo de las fuerzas destructivas generadas por el capitalismo salvaje neoliberal en las últimas décadas es impresionante y terrible, no sólo en términos del crecimiento de la industria armamentista y sus consecuencias, sino también por todo aquello que implica el desarrollo del capital en su conjunto con la violencia aniquilando la especie humana misma y la naturaleza. Vivimos en un orden económico y social absurdo e inhumano. Dice Mandel: «...la oposición objetiva entre la racionalidad parcial y la irracionalidad general, que está enraizada en la contradicción entre la creciente socialización del trabajo y la apropiación privada, y es características del modo de producción capitalista, adquiere tal potencial explosivo que la irracionalidad general del capitalismo tardío amenaza, a mediano plazo, no sólo a la forma existente de sociedad, sino a toda la civilización humana» [El capitalismo tardío. 1972]. Ante ello, la respuesta lógica es la lucha por la construcción de una sociedad en armonía consigo misma fincada en el socialismo –no en un «socialismo» despótico burocrático [estalinista]– sino en uno democrático, libertario y autogestionario-obrerista.

Nuestra pudrición social planetaria es muestra fehaciente de la creciente barbarie social con rasgos apocalípticos, mezclada contradictoriamente con los restos de un proceso civilizatorio de siglos; lo que algunos teóricos definen como una barbarie civilizada o una civilización bárbara. A estos atentados terroristas les antecede relevante la destrucción de las Torres Gemelas en el 2001, iniciando este siglo XXI con la peor de las premoniciones fatalistas. «Todo lo sólido se desvanece en el aire», dijeron Marx y Engels en el Manifiesto comunista en 1848. Este capitalismo tardío se desenvuelve hace tiempo en una crisis económica permanente, cuya onda de larga duración es imposible de prever su fase terminal; pero es una crisis inmersa en una profunda onda de violencia en todas las manifestaciones sociales posibles, patentes de la degradación de sociedad misma. Por supuesto, el terrorismo como hecho histórico tiene más de un siglo, pero el terrorismo actual –con todos sus fundamentalismos económicos, políticos y religiosos, si lo consideramos desde el 2001– es más complejo y peligroso. Hay algunos pensadores quienes afirman que vivimos todavía bajo el espíritu fascista de Hitler, y razón no les falta, pues el mundo social actual, en su conflictividad consigo mismo, reúne casi todos los mecanismos de los holocaustos posibles y por haber. Lo hemos dicho aquí, el capital en sí mismo es profundamente violento, y la violencia asume múltiples formas sociales desquiciantes. La genealogía de la violencia actual tiene sus orígenes modernos por lo menos desde la época de los imperialismos colonialistas. Uno de ellos, fue precisamente el colonialismo belga cuya expansión fue perpetrando atrocidades aberrantes y espantosas en el continente africano durante el siglo XIX. La historia del Congo-Belga es aterradora; el gran periodista polaco Ryszard Kapu?ci?ski fue el mayor cronista de la descolonización de África, y escribió sobre el Congo. Ese colonialismo prácticamente desapareció, pero otros imperios y potencias lo continúan perpetuando en muchas regiones del mundo disfrazado de intervenciones democráticas o pacificadoras, ayudas humanitarias, etcétera. Intervenciones militares para encontrar «armas de destrucción masiva»; intervenciones reales y letales contra población civil, pero las armas masivas ficticias.

Debemos doblar las campanas por los recientes muertos en Bruselas, al igual que los de París; pero también debemos hacerlo por los cientos de musulmanes que ISIS ha venido asesinando en África, Cercano Oriente y Asia. Este grupo terrorista ha venido masacrando musulmanes más que a cualquier otro grupo. En este mes asesinó en Bagdad y en Ankara a 82 personas civiles inocentes. Muchos de estos actos barbaros no los mencionan los principales medios informativos: las preguntas importantes que debemos hacernos son: ¿Quién o quiénes están detrás de estos terroristas? ¿Quién o quiénes son los beneficiados directa o indirectamente por estos crímenes lesa humanidad? Algunas potencias económico–militares –la estadounidense y europeas, por ejemplo– hace tiempo que han creado y mantenido organizaciones contrainsurgentes y terroristas por todo el mundo. Siria es un laboratorio geopolítico de las potencias por el control militar y por la riqueza petrolera regional.

El concepto de "clases peligrosas" [dangerous class], acuñado por algunos sociólogos franceses, está vinculado originalmente al lumpenproletariado y sus excrecencias delincuenciales, asociadas al crimen, pero lo cierto es que tales segmentos en muchas ocasiones están relacionadas políticamente con las clases «altas», con el poder y el dinero. Después este concepto derivó hacia las clases trabajadoras, amenazantes a las clases dominantes. Los grupos terroristas pueden estar asociados torcidamente, no como trabajadores, a tales amenazas, pero lo cierto es que las principales amenazas al grueso de la humanidad provienen de los poderosos grupos oligárquicos mundiales y sus representantes políticos: el lobo disfrazado de cordero; de ahí que el peor de los terrorismos históricamente sea el terrorismo de Estado, especialmente el terrorismo de Estado imperialista; el más peligroso para todo el mundo. A propósito de Obama en Cuba y Argentina: «En el imperialismo no se puede confiar ni un tantito así, nada», dijo en su momento en la ONU el Che Guevara.