¡Paz, justicia y democracia!

México vive una profunda crisis humanitaria engendro de una crisis política producto, a su vez, de la necedad de una elite gubernamental por seguir imponiendo acciones neoliberales que únicamente favorecen a una oligarquía; es una elite burocrática que “no entiende que no entiende”, insensible e indiferente a los graves problemas nacionales, una elite corruptísima con estrechos vínculos con el crimen organizado; lo que algunos analistas denominan un Estado delincuencial; un Estado canalla. Ante una visible crisis de régimen es imperativo construir un auténtico régimen democrático.

Mientras los padres y madres de los estudiantes desaparecidos y asesinados de Ayotzinapa legítimamente buscan justicia fuera del país –por el atroz crimen perpetrado por el Estado en sus diferentes niveles jerárquicos–, este día se realizarán en la Ciudad de México y en Ayotzinapa dos asambleas ciudadanas con el propósito de esbozar una refundación nacional y un nuevo constituyente. Los padres de los desaparecidos viajaron reciente a Ginebra, Suiza, para dar su testimonio ante el Comité sobre Desapariciones Forzadas de la Organización de Naciones Unidas (ONU), a quienes demandarán que el gobierno mexicano presente con vida a sus hijos, “que se haga justicia y se conozca la verdad.” Que se conozca la verdad verdadera y no la “verdad histórica” del gobierno federal representado por Murillo Karam. La senadora priista Diva Gastélum afirma que “Sembrar sobre el desprestigio de México no es bueno”. Los políticos fundamentalistas neoliberales de la oligarquía local no están muy distanciados de los terrorismos del Estado Islámico, pues las atrocidades cometidas son parecidas. Allá queman vivos a los rehenes, aquí se queman y desuellan a los jóvenes estudiantes, con la diferencia, dicen algunos, de que aquí hay democracia y civilización… pero la barbarie del capitalismo salvaje es por igual en todo el mundo.

Se busca justicia fuera del país –además de denunciar las más de 20 mil desapariciones forzadas en los últimos años, prueba irrefutable de la violación flagrante de los derechos humanos– porque el actual gobierno, al igual que los antecesores, es totalmente inepto para hacer una verdadera investigación de una matanza y desapariciones que levantaron como nunca en la historia del país una enérgica indignación popular. Pero el gobierno no solamente es incapaz de establecer condiciones efectivas para un Estado de Derecho e impartir justicia social y respetar los derechos humanos, sino que continúa hundiéndose en la corrupción, la impunidad y la simulación de gobernar democráticamente. La corrupción manifiesta del gobierno de Peña Nieto es la punta del iceberg, y la impunidad protege a esta corrupción pero no impide su flagrancia, y el reciente plan nacional anticorrupción es un acto tan patético como el “ya sé que no aplauden”.

Para cientos de miles de mexicanos las cosas no pueden seguir como están; hay un hartazgo por la ineptitud, la corrupción rampante y la impunidad cuyo blindaje impide hacer justicia a los desmanes de todo tipo cometidos por los altos funcionarios o instituciones del régimen político. La crisis consiste en que lo que ha de morir no ha muerto todavía, y lo que ha de nacer tampoco ha nacido; por lo mismo, es apremiante, más que nunca, que ambos hechos acontezcan. Es cierto que lo que tiene que morir actualmente está en putrefacción, en agonía, pero nadie sabe cuándo ocurrirá tal deceso al que tenemos que ayudar para que suceda pronto. También es cierto que lo que tiene que nacer se encuentra en un proceso de gestación histórica y tampoco sabemos el momento de su nacimiento. Lo peor de todo sería la fatalidad de que no ocurra esto último. Lo cierto es que la agonía de esta sociedad mezquina implica un proceso de descomposición brutal cuya barbarie social la vivimos también bajo la forma de una extrema violencia y caos. La sociedad mexicana se está hundiendo en un pantano, un pantano neoliberal. Del Mexican moment promisorio de Peña Nieto que nunca llegó, al Mexican swamp [“El pantano mexicano”, artículo del semanario británico The Economist] que funestamente llegó hace tiempo.

Lo que ha de nacer promisoriamente reside solamente en la posibilidad de organización política del pueblo mexicano unido, la masa plebeya, y uno de los puntos de partida de este camino largo y sinuoso son las dos asambleas ciudadanas de este día cuyos propósitos son muy legítimos y necesarios como son la búsqueda de la refundación nacional, la construcción de una Nación soberana y democrática. Nadie espera un milagro de la noche a la mañana con estas asambleas, y deben verse como inicio de un proceso cuyo desarrollo requiere de un verdadero espíritu unitario, al margen de cualquier liderazgo mesiánico y electorero. El pueblo mexicano anhela paz, justicia y democracia. El proyecto democrático para la transformación radical del país –que va a la raíz de la cosa; en este caso de la cosa pública: la República– choca inevitablemente contra el devastador proyecto oligárquico de “tierra arrasada” en aras del mercado y sus ganancias capitalistas. Hablamos de una República Restaurada que hoy día tiene que ir más allá de los principios políticos liberal–burgueses, los del poder y del dinero, obsoletos para salvar a la Nación. No se trata de redactar ya una nueva Constitución, sino de ir creando las condiciones políticas para que el pueblo mexicano, la clase trabajadora, adquiera conciencia de la necesidad del cambio social y esto requiere un buen programa de transición hacia una nueva sociedad justa, equitativa, digna, solidaria y democrática: humanizada.