Muros y guerras voraces

El libro es quizá la mejor invención humana y lo más elevado de su espiritualidad. Junto con las artes, son los mejores instrumentos intelectuales, culturales, para humanizar al hombre. Por eso, nada más absurdo que invitar a un país cuyo Estado es beligerante, armado hasta los dientes, a una “feria cultural” en la cual los libros son portadores del conocimiento humano abierto al diálogo necesario entre las personas y los pueblos para su progreso cultural y científico; para su emancipación y humanización.

Obvio. Hay de libros a libros y no es lo mismo Mein Kampf (Mi Lucha), de un criminal genocida fascista –como también puede ser cualquier libro de Stalin, su hermano gemelo, un gánster político– que Pedro Páramo, de nuestro admirado y querido Juan Rulfo. Las comparaciones son odiosas, pero a veces son inevitables. No obstante, todos los libros pueden y deben leerse precisamente para conocer la complejidad de la naturaleza humana y su profunda condición contradictoria y conflictiva consigo misma. De Dante Alighieri a Hitler, por ejemplo, hay un abismo insondable; no es lo mismo el Infierno en la Divina Comedia que el infierno real de los campos de exterminio de la violencia nazi en los que no solamente fueron masacrados los judíos, sino también incinerados otras categorías consideradas indeseables a la “superioridad aria”, como los gitanos, los homosexuales, los comunistas, socialistas, sindicalistas revolucionarios, etcétera. Los nazis tenían una Cámara de la Cultura del Reich, la cual había avalado la quema de al menos 20 mil libros. Literatura sobre los campos de concentración da cuenta el gran escritor judíosefardí-italiano Primo Levi, o el español Jorge Semprún. Claro, tampoco es lo mismo El Mercader de Venecia que los mercaderes de la Feria Internacional del Libro.

Víctor Serge escribió en su libro Los Hombres en la cárcel –cuyo prólogo es del gran escritor rumano Panait Istrati– que no conocía en la ciudad moderna “nada más que una obra arquitectónica irreprochable y perfecta: La cárcel. La perfección estriba en su adaptación completa a la finalidad perseguida”. De ello sabía bastante porque pasó gran parte de su vida en prisiones. Lo anterior viene a colación porque no es lo mismo la arquitectura carcelaria que los espacios arquitectónicos culturales como las bibliotecas y los museos. Estos últimos son la manifestación arquitectónica más elevada de la espiritualidad humana. Seguramente habrá algún día un museo de la Historia Universal de la Infamia (Borges dixit), en cuyo recinto se incluya la historia de la arquitectura carcelaria, la de los campos de concentración nazi, y seguramente, también la historia de aquellos muros o murallas oprobiosas, de los que narra en video nuestro admirado Eduardo Galeano, cuyo país, Uruguay, inexplicablemente nunca ha sido invitado de honor a la FIL. Muros de la vergüenza como el de Berlín, o el existente entre México y Estados Unidos, uno ignominioso levantado en el Sahara Occidental contra el pueblo saharaui o el muro infame construido por Israel en Cisjordania.

Enrique Norten, arquitecto mexicano –quien diseñó el pabellón de Israel en la pasada FIL: “dunas en el desierto”– bien pudo haber diseñado un muro como el levantado para segregar a los millones de palestinos; ejemplo de apartheid “civilizatorio”, para construir un gran gueto; un moderno bantustán sudafricano (reserva tribal para negros). Dicho muro hubiera sido más simbólico. Aquí debemos recordar que Israel fue uno de los colaboracionistas (militar y nuclear) más importantes para el execrable régimen de apartheid del país que a la postre Nelson Mandela, en la democracia, sería su gran presidente. El ultraderechista Netanyahu, primer ministro israelí, no asistirá a las exequias de Mandela precisamente por el repudio  que le guarda el pueblo sudafricano hacia el gobierno israelí. Madiba afirmó: “Sabemos muy bien que nuestra libertad está incompleta sin la libertad de los palestinos.”

Quiero terminar citando ampliamente a Galeano con su cuentito Guerras voraces en su libro Espejos:

“En 1975, el rey de Marruecos invadió la patria saharaui y expulsó a la mayoría de la población.

El Sahara es, ahora, la última colonia del África.

Marruecos le niega el derecho de elegir su destino, y así confiesa que ha robado un país y que no tiene la menor intención de devolverlo.

Los saharauis, los hijos de las nubes, los perseguidores de la lluvia, están condenados a pena de angustia perpetua y de perpetua nostalgia. Las Naciones Unidas les han dado la razón, mil y una veces, pero la independencia es más esquiva que el agua en el desierto.

Mil y una veces, también, las Naciones Unidas se han pronunciado contra la usurpación israelí de la patria palestina.

En 1948, la fundación del estado de Israel implicó la expulsión de ochocientos mil palestinos. Los palestinos desalojados se llevaron las llaves de sus casas, como habían hecho, siglos antes, los judíos que España echó. Los judíos nunca pudieron volver a España. Los palestinos nunca pudieron volver a Palestina.

Los que se quedaran fueron condenados a vivir humillados en territorios que las continuas invasiones van encogiendo cada día.

Susan Abdallah, palestina, conoce la receta para fabricar un terrorista:

Despójelo de agua y de comida.

Rodee su casa con armas de guerra.

Atáquelo por todos los medios y a todas las horas, especialmente en las noches.

Demuela su casa, arrase su tierra cultivada, mate a sus queridos, especialmente a los niños, o déjelos mutilados.

Felicitaciones: ha creado usted un ejército de hombres-bomba.”