Guadalajara: una crónica de Víctor Serge

La ciudad ha recibido innumerables visitantes ilustres. Algunos fueron grandes escritores, historiadores y revolucionarios como Víctor Serge. Quiero compartir, estimado lector, un fragmento de su admirable crónica de Guadalajara publicada en la revista **Así, número 68, del 28 de febrero de 1942, en la Ciudad de México. El texto me lo dio Alejandro Gálvez Cancino, querido amigo y maestro.

“Nosotros vamos a descubrir la Guadalajara que festeja la juventud de sus cuatrocientos años […] Desde la puerta del hospicio de Guadalajara (el Cabañas) extendí la mirada para contemplar la ciudad y experimenté una grata sorpresa. La calle, ancha, enmarcada por habitaciones bajas, de colores alegres, y que sube hasta las iglesias de estilo barroco rodeadas de arboledas me recordó, de manera impresionante, a la vez ciertos rincones de Moscú y la visión que guardo de Kursk… Me habían dicho: ‘Vea las antiguas residencias, la catedral, los frescos de Orozco...’ No me habían dicho que iba a encontrar en el estado de Jalisco una de las verdaderas capitales del arte de nuestro tiempo. Una ciudad viviente que reúne obras únicas, de una significación capital. Guadalajara es sonriente y limpia, activa y tranquila. Sus nobles fachadas de la época colonial, patinadas por el sol, alegremente iluminadas en la noche, le dan una fisonomía graciosa, sin la extrema tensión nerviosa de las grandes ciudades industriales. Es una ciudad privilegiada… Olvidemos por un momento, el recuerdo obsesionante de las ciudades bombardeadas y tan sufridas de Europa, sumergidas por la noche en las peligrosas tinieblas. Será necesario para rehacer el mundo una inmensa buena voluntad, un ardiente pensamiento revolucionario, un sentimiento exaltado, lucido, inexorable, de la justicia. Todo esto Guadalajara lo muestra cordialmente gracias a la obra de José Clemente Orozco. La ciudad agrega las joyas de su pasado a sus colecciones de arte indígena, esta obra tan actual que parece completamente de mañana, tan revolucionaria que adquiere una significación universal, tan profundamente mexicana que llega a ser simplemente humana... Se atraviesa el gran portal tallado del palacio gubernamental, se entra al patio, se llega a la gran escalera, se levanta la cabeza y se ve por encima de la vida cotidiana que sube y desciende con sus pequeñas preocupaciones toda una batalla de titanes desencadenada en altos muros y en la bóveda. El viejo Hidalgo de la independencia la domina, con su intensa mirada de visionario, sus cabellos blancos, su espada de fuego. La utilización de la bóveda para dar cabida a este retrato simbólico ya constituye un admirable acierto. A ambos lados de la escalera formas humanas suben, se entrelazan, llaman, luchan; el gigante Hidalgo emerge de este caos como un Lenin. Nada de lo que él encarna está muerto; pienso en los hombres que, como él, se levantaran mañana, en grandes grupos, en las tierras de Europa, blandiendo la misma espada de fuego...

“Los frescos del hospicio tienen otra intensidad de vida. Uno se siente agobiado, entre estas paredes, bajo estas bóvedas, por ideas en marcha, por sufrimientos siempre renovados, por una bondad terrible, por una crueldad infernal. El artista ha querido abrazar toda la vida de un país y de un largo momento de la historia. Los cuatro caballos del Apocalipsis se encabriolan en las nubes, pero por encima de ellos, más temible, la bestia infernal de la industria moderna, caballo y caballero hechos de máquinas modernas, se abalanzan... Una rueda de fuego gira sola sobre tierras grises colmadas de hombres y maquinas... Inquisidores atormentan al herético. Alrededor de esta nave llena de visiones se extienden… otros patios en los que juegan los niños por entre las flores. Y la cercanía de los niños, la paz de los corredores, la vieja arquitectura de gran convento aireado, se le agregan al acento de implacable verdad de la obra de arte.

“El fresco y la bóveda del gran salón de la Universidad alcanzan también igual expresión, pero con otro valor; hay en el ángulo izquierdo, en la parte baja del fresco, una batalla de textos, con una cabeza de Marx con anteojos y libros mezclados con cuchillos. Aquello es audaz, en una sala de estudios universitarios y ni la Sorbona ni las universidades de Oxford y de Cambridge aceptarían. Hay que reconocer francamente el agradecimiento a Guadalajara, ciudad que cuenta con la única universidad del mundo en la que sus paredes registran tantos clamores provenientes de las luchas sociales.

“Hablábamos de todo esto con otros dos artistas. María Izquierdo y el pintor chileno Uribe…, mientras María Izquierdo nos mostraba unos gouaches sobrios y coloridos, de una intensa expresión que pertenece a este arte nuevo. Otro artista sin nombre nos maravilló en Tlaquepaque, tanto más porque no sabe que es un artista, un verdadero creador de formas eternas… Y este alfarero me revelaba que una maestría única une a las artes primitivas de este pueblo con la obra de sus grandes maestros. Una noche, en el Teatro Degollado, figuras de los frescos (de los de Rivera) animaron de repente a una sala entusiasta. En medio de ellos, una mujer erguida y esbelta canta su canto. El arte muy simple de Lucha Reyes me pareció inseparable de todo lo que acababa de descubrir: Inseparable del trabajo del alfarero, de la paz luminosa de las calles de Tlaquepaque, de la muchedumbre en las plazas, del dinamismo de los frescos…

“Este contacto con Guadalajara me ha servido para apreciar la extraordinaria unidad de estilo que liga a las ciudades, a los seres, a las obras con una gran vitalidad a la vez anciana, joven y profunda. Este país puede esperarlo todo de sí mismo y un día tendrá mucho, enormemente tal vez, que dar a otros.”